lunes, noviembre 08, 2010

Las casas de tu cosa... o eso...

Así que insististe. Para que fuera, a pesar de que yo te había reiterado que me incomodaba. Insististe, aún así. Como sea. Tal vez querías cerrar un ciclo. Tal vez querías (como siempre) tenerla cerca. Me da lo mismo.
Qué bueno que haya ido a visitar a los fantasmas. Que se le haya revuelto el estómago: sus fantasmas son ahora mi realidad.
Quesque las vigas de madera del garage. Las vió tanto tiempo por cobarde. Por miedo a entrar. Por quedarse en la comodidad. Y que las mira, y que se le ocurre escribirlas. Bah. Y luego la puerta. Qué bueno que recuerde que te hicieron ese letrero de feliz cumpleaños siendo un bebé. Ahora soy yo quien lo verá año tras año.
Y luego atravesó el umbral. ¿Sabes qué había en el umbral? Estaba yo. Envuelta en un vestido negro y ceñido. Conviviendo con tus amigos de letras, como ella no lo hizo jamás. Adaptándome perfectamente a tu mundo, ahora también el mío, y nunca el suyo.
La luz tenue incrementa en cuanto yo estoy adentro de tu casa, mi vida, yo soy tu luz. Error pensar que la luz sólo aumenta en las mañanas, eso lo creía ella por ser mediocre oscuridad. Los muebles y las alfombras me miran desde sus rincones y se alegran, la belleza le gusta hasta a las cosas inanimadas. Los relojes en la pared marcan el tiempo, dividiéndolo en el que paso a tu lado y el que transcurre mientras me extrañas. Y no les cabe ni un segundo más. Por supuesto que el tiempo para ella hace tiempo que fue expulsado de cada uno de esos relojes que tanto dibuja en su memoria. Relojes fantasmas.
Después describe lo demás. El piano que nadie toca, ajá. Y un pez que dice que le da lástima, y le regala unas palabras cursis, llenas de pena. Así la vi yo esa noche. Un pobre pececito. Tratando de aparentar que nadaba a sus anchas, cuando era claro que estas aguas ya no eran las suyas y ni sus branquias le ayudarían a respirar. Tuvo que arrojarse fuera de tu casa, esa pecera fantasma, como un pez suicida. Y se largó sin despedirse. Ja. Hablando de lástima.
Luego el mueble donde estaba la tarántula que no conocí y ella sí. Su igual, la tarántula. Desagradable y venenosa, aunque las hayas querido mucho a ambas. El taller de tu padre, de donde te hice quitar sus fotos, el taller ahora vacío de ella. Para mirar hacia allá tuvo que ver tu pizarrón. Le sonreí desde los trazos, Cortázar sonriendo conmigo. Tu padre sentándose a enseñarle a usar el esmeril. Tantos recuerdos de una familia que ya nunca será la suya, de un tiempo que jamás volverá. Tantos fantasmas que, al acompañarla, la atormentan, y me encargo yo que jamás le sean amables.
La alacena, dice. La próxima vez que te vea te voy a meter ahí y te voy a coger como si no hubiera mañana. Para profanar todos sus recuerdos y sus lugares, que jamás le han pertenecido pero ahora me pertenecen a mí. Para desterrarla.
Los gatos. Lloró cuando se fue el gato, dice, porque le intrigaba su temperamento. Metáfora del tuyo. Pero ella te dejó ir, y ahora no hay modo de hacerte regresar. Eres mío. Dice que llegó una autista y luego una loca. La loca fui yo, y, en efecto, así no la extrañarías. Soy una mejor loca. Soy tu loca. Las gatas fantasmas le arañan el alma, porque saben que estoy en su lugar. Ja y recontra-já. El agua que cae en la fuente borra todo aquello que vivieron juntos. Lava tu casa, la deja limpia de ella y su veneno. El mouse de tu computadora disfruta de mi tacto, como toda tu piel. Goza cuando lo acaricio. Las escaleras que yo he de subir hasta que la casa deje de ser tuya. Las escaleras que ella no volverá a subir jamás. El baúl donde ponían los pies al poner las películas me mira ahora cuando deslizo mis manos bajo tus pantalones y te toco frente a la televisión. Tantos peces en tu casa y ella el único que no sabe nadar ahí, ya. Pobrecilla. Tan fuera de lugar, tan nimia frente a mí.
Los azulejos del baño que me miran desnuda, bañándome contigo, llenándome de ti, el póster detrás de la puerta que ha visto tantas mujeres pero se acuerda sólo de mí.

Tantas cosas que le gustan y que no la acogerán nunca más. El cuarto que estás desmontando, al igual que desmonto yo todo lo que ella fue para ti.
El cuarto de tu madre, donde me desnudaste por primera vez, donde te quedaste mirándome largamente, donde no podías creer tenerme por fin entre tus brazos. Donde me dijiste que sabía a fresas.
Y luego ella iba hacia abajo. La ví cuando subía, supe que subía para ver una a una “las cosas de tu casa” Y deseé que entrara a tu cuarto y lo viera lleno de mí. También la vi al bajar. Ahora resulta que se detuvo frente a aquel cuadro tuyo. Que te regaló hace tres años, y es sólo para ti. Nadie debe leerlo, dice. Yo ya lo leí, como te he leído todo. Nimodo, si algo sé hacer es leer. Que bueno que se despide. Que baje las escaleras como el pez moribundo que es. Que cambie de aguas para siempre. Que no vuelva. Nada en ella es sólo para ti. Nada en ella fue sólo para ti nunca.
Se salió, pececillo asustado, pobre.
¿Las cosas de tu casa? Ya son todas mías.

**Los personajes y lugares que aparecen en este post son completamente ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. JE.

1 comentario:

  1. Te leo. Y me gusta, por que me confronta con mi pomposidad y mi fresés. Me quita lo formal y hace que me deshaga de los zapatos, me recueste y me regodee en la parte humana que es capaz de mofarse de mi propia fijación con lo bonito, lo romántico y lo cursi. Me recuerda que amar también es reclamar como propio cuerpo, terreno y recuerdos. Que lo que no fue en tu año no fue en tu daño, pero que dentro de todos existe esa parte que no quiere compartir. El ácido también purifica, como de que no. ¿La alacena? Priceless.

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