No puedo evitarlo. Siento el estallido dentro de mí. Lo he vivido tantas veces que sé reconocerlo desde que la chispa toca el extremo de la mecha. Trato de ignorarlo el mayor tiempo posible. Hasta que es tarde. Hasta que el corazón se hincha y sus latidos resuenan en el vacío universo de mi pecho. Miro bajo la mesa. Espero que, si me coloco allí, nadie escuche el atronador disparo del alma que revienta, que contamina todo a su alrededor. Espero limpiar sola las manchas del silencio que albergué tanto tiempo, las mentiras que salpicaron la planicie inferior de la mesa, esa que nadie nunca observa, las mesas importan sólo por el sostén que brinda su superficie superior. A quién le importa lo que hay abajo. Qué más da cuántas almas han colapsado bajo ellas, si podemos apoyar por arriba nuestro vaso y resoplar satisfechos.
lunes, noviembre 12, 2012
Bajo la mesa
No puedo evitarlo. Siento el estallido dentro de mí. Lo he vivido tantas veces que sé reconocerlo desde que la chispa toca el extremo de la mecha. Trato de ignorarlo el mayor tiempo posible. Hasta que es tarde. Hasta que el corazón se hincha y sus latidos resuenan en el vacío universo de mi pecho. Miro bajo la mesa. Espero que, si me coloco allí, nadie escuche el atronador disparo del alma que revienta, que contamina todo a su alrededor. Espero limpiar sola las manchas del silencio que albergué tanto tiempo, las mentiras que salpicaron la planicie inferior de la mesa, esa que nadie nunca observa, las mesas importan sólo por el sostén que brinda su superficie superior. A quién le importa lo que hay abajo. Qué más da cuántas almas han colapsado bajo ellas, si podemos apoyar por arriba nuestro vaso y resoplar satisfechos.
lunes, octubre 01, 2012
Lecturas cómplices
De pronto, los escucho hablar. Es una costumbre de años. Cuando uno encuentra algo que lo maravilla en el papel, interrumpe la lectura para compartirlo en voz alta. Se anuncia y luego recita las líneas que le vibraron al recorrerlas con la mirada. El otro sube la vista y escucha, atento. Yo oigo también, desde la distancia. Al terminar de leer el fragmento, lo comentan y de nuevo enmudecen.
Conozco la escena de memoria, sé que en medio del sigilo se sonríen, se miran cómplices y luego regresan cada quien a su aventura literaria. Esto se repite innumerables veces en mi cabeza. En mi infancia, en mi adolescencia, hace unos pocos años, ahora. Sus voces y sus silencios, intercalados, sus figuras sosteniendo sendos libros como si estuvieran de uno y otro lados de un espejo.
Leen, piensan, callan, sonríen.
lunes, septiembre 24, 2012
Locomotografía
De pronto, todas esas cosas que parecían haberse evaporado volvieron a materializarse en filamentos helados, adheridos a mi piel. En cuanto entraron en contacto conmigo, mi calor las condensó. Sus consecuentes gotas me erizaron los sentidos y me sacaron de mi momentáneo letargo.
jueves, agosto 09, 2012
Listas, parte IV: Última foto tomada.
El Chapaneal es una comunidad de 641 habitantes y está a 2,400 metros sobre el nivel del mar. Su camino principal, el único pavimentado, lo conecta con la cabecera municipal de Texcaltitlán, que lleva el mismo nombre que el municipio. Este mismo camino bordea la primaria rural, la telesecundaria y el campo de fútbol, que se extiende bajo uno de los montes. Al final del camino, la Iglesia adorna el límite superior del pueblo.
Texcaltitlán es uno de los 16 municipios más pobres del estado de México. Los paisajes montañosos que lo abarcan y que encierran algunas pequeñas comunidades marginadas, son un deleite para quien los visita. Recorriendo las carreteras sinuosas que comunican las comunidades entre sí, se respira un aire enrarecido, puro, distinto; el aire del campo mexicano. Nuestro país es un mundo; posee la enorme riqueza de las diversísimas comunidades que lo habitan, de los muchísimos paisajes que lo decoran. ¿Cuántos de sus caminos ni recorreremos jamás? ¿Cuántos de sus pueblos no cabrán jamás siquiera en nuestra imaginación? ¿Cuántas caras campesinas, curtidas y sonrientes, no habremos de encontrar nunca frente a frente? Estas montañas, este cielo, estos caminos, no son sino una invitación a seguir conociendo el campo mexicano y sus habitantes, niños, adultos y ancianos. Hombres y mujeres cuya riqueza es su tierra; cuya compañía, su familia y sus animales; cuyo privilegio, salir cada día y mirar los enormes montes verdes que se despliegan frente a sus ojos, cubiertos de un cielo despejado; su condena, la marginación, la pobreza, la falta de drenaje, de gas, de agua potable, de educación, de campañas sanitarias. Mirando lo que intenté fallidamente capturar en esta fotografía, recordé que hay muchas maneras de vivir, que cada persona es un mundo, cada rincón un universo, y nuestro país esta lleno de ellos. Si no los vemos es porque no los hemos buscado, si no los encontramos es porque no hemos abierto bien los ojos.
Listas, parte III. Canción más escuchada en los útimos meses/ It’s a Pity, por Tanya Stephens.
jueves, junio 21, 2012
Listas, parte 2. Disco más escuchado en los últimos meses.
(Para escuchar el disco completo, clic aquí)
La sinestesia se define como la percepción conjunta de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos a partir de uno solo. Un sinestésico puede, por ejemplo, oír colores, ver sonidos, oler texturas y otras envidiables cruzas entre sus cinco sentidos. En la historia hay diversos ejemplos de artistas con esta peculiar cualidad, como Vassily Kandinsky, cuyos cuadros de explosivos colores se imprimen en la memoria de aquel que los mira con atención. Entre ellos, destacan los que pintó a partir de obras musicales. Colores, formas, pinceladas musicales incapaces de reproducir.
En fin. Todo esto para decir que, por desgracia, no soy sinestésica y no he experimentado nunca esa amalgama maravillosa de los sentidos, pero creo que, hasta cierto punto, si vivimos la música con suficiente intensidad, ésta evocará inevitablemente una o varias imágenes.
Para mí, el disco de los XX es de una blancura tranquilizadora y reconfortante. Por un lado, debe ser sin duda porque me lleva de vuelta a la nieve, al invierno más largo de mi vida, al único verdadero. Lo escuché por primera vez a finales de 2010, por recomendación de mi hermano, melómano incorregible. En esa Navidad, que pasamos juntos en Canadá, me regaló un USB con dos discos y éste era uno de ellos. Para ese entonces, tras pasar día y noche con mi hermano en el hotel y por las calles de Montréal, yo ya lo había escuchado bastante. Desde la primera vez, tuvo en mí un extraño magnetismo. Me generaba una sensación de equilibrio delicado, como si el tiempo se detuviera, disipara la angustia. En esos momentos de transición geográfica y emocional, me aferré a sus ritmos sutiles, que acompañaban perfectamente la caída continua de la nieve, que yo miraba atentamente, poseída por la novedad. Me recuerdo hundiendo los pies en esa masa pálida y entonces incomprensible para mí, caminando desde mi cuarto en la residencia de la Université de Montréal hacia el Pavillon Roger Gaudry, donde tomaba clases de neurociencias y de fisiopatología. Me recuerdo transitando calles nuevas, bordeadas por árboles cuya ausencia de follaje otorgaba a sus ramas personalidades tétricas y deformes. El disco de los XX me transporta al momento en que creí escuchar el silencio por primera vez, sola en el cuarto que habría de pertenecerme, mirando la noche que caía inclemente a las cuatro de la tarde, para quedarse hasta el día siguiente. Cada una de sus canciones, cada voz y cada retumbo del bajo me llevan a esa felicidad que encontré en asimilar un mundo nuevo, donde las condiciones climáticas han moldeado de otro modo la forma de vida de la gente, no podría decir si para bien o para mal. A esos espacios que fueron mi hogar alguna vez y que no volverán a serlo nunca, pero que podré de vez en vez re-fabular en mi cabeza, mientras escucho Infinity o Heart skipped a beat o Basic space. Independientemente de las imágenes límpidas que este disco me hace evocar, creo que musicalmente es muy vasto. Nos lleva desde la felicidad contenida hasta la melancolía mansa, afable. Satura los sentidos con tan sólo unos cuantos sonidos, dispara distintas emociones a cada segundo, conteniéndolas en su armonía. No es que sea sólo blanco, es más bien que abarca todos los colores. Ya sabemos el resultado de esa mezcla. Escuchar este disco pide calma a gritos sigilosos, nos hipnotiza, nos concentra en la belleza de la quietud. Relájate, nos dice, no hay dolor que no pueda neutralizarse y cantarse o convertirse en notas musicales. Como sea.
Durante las guardias más arduas de mi internado, en aquellos momentos en que uno no concibe ni siquiera ser uno mismo, cuando que los deberes abruman y las responsabilidades apremian, me escapaba a veces a algún rincón solitario y escuchaba una de estas canciones. De inmediato, me invadía la sensación de que otras vidas son posibles, de que aún espera en algún lado el blanco, no necesariamente el de la nieve o el hielo o las bajas temperaturas, aunque haya sido ahí donde lo encontré antaño. Tras respirar profundo, me adentraba en aquello que no tiene nombre pero me pertenece, me dejaba ir, me cubría de silencio, caminaba de nuevo otras calles, imaginaba otros rostros. Entonces algún ruido hospitalario me devolvía a la realidad y, me daba cuenta de qué tan lejos me había ido. ¿Sinestesia? No lo creo, pero sin duda algo muy parecido.
miércoles, junio 20, 2012
Listas, parte I. Último libro (re)leído
Tantos libros.
En El otro, atravesamos un portal de tiempo y damos con el protagonista, algunos años antes (o años después, según de qué lado del espejo nos encontremos). A partir de sus páginas, y casi de modo simultáneo que el personaje principal, tropezamos con nuestro antiguo reflejo, dialogamos con él, nos duplicamos, reverberamos: "Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma". El libro sigue y sigue, nunca pierde el hilo conductor. Ulrica nos sacude mientras imaginamos los pétreos ojos de la mujer de oro y de plata que mira a su interlocutor y le dice, indiferente: “Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres”, mientras el otro imagina a su lado historias que jamás han de ser vividas. Después El Congreso, que es sin duda una de las piezas elementales, sin principio ni fin, de este libro de arena, vierte ante nuestros ojos una historia vibrante, imposible de describir con palabras, llena de personajes infinitos y de reflexiones aceitosas. Nos habla de los esfuerzos futiles por abarcar el conocimiento, de sus consabidos fracasos; en pocas palabras, de la humanidad. Al mismo tiempo, va trenzando frases que son para el alma como el grave estruendo de un gong que es golpeado por primera vez en muchos años: “Oh noches, oh compartida y tibia tiniebla, oh el amor que fluye en la sombra como un río secreto, oh aquel momento de la dicha en que cada uno es los dos, oh la inocencia y el candor de la dicha, oh la unión en que nos perdíamos para perdernos luego en el sueño, oh las primeras claridades del día y yo contemplándola.” Repito: Encontramos en Borges la vida misma que refulge, escandalosa. Cuando pensamos que ya nos hemos conmovido demasiado, There are more things, el siguiente cuento, dedicado con sabiduría a Lovecraft, nos refunde en las tinieblas más aciagas, esas que sólo pueden ser parcialmente descritas, esas que nos representamos con una mano imaginaria que escarba en el epigastrio, que nos genera al mismo tiempo ganas de correr y de seguir mirando, escondidos. “Para ver una cosa hay que comprenderla”, nos dice el narrador. “SI viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos”.
Tras esta metralla de deliciosa literatura, Borges nos deleita con una de sus imaginaciones cultas, la secta de los treinta. Este sabio, capaz de fabricar con absoluta precisión los textos o manuscritos más disparatados, con sus debidas referencias perfectamente plausibles, nos entrega un supuesto texto, bíblico y misterioso, que dibuja la herejía y sigue girando en nuestras cabezas tras haberlo leído. Sin darnos tiempo a reflexionar, el libro continúa y nos vapulea con La noche de los dones, donde nos relata una historia enclavada en el contexto de las tantas guerras latinoamericanas, que por su peculiar estilo, nos enfrenta abiertamente a la hermandad del eros y el thanathos. Me detendría ahora, pero no tiene sentido alguno; tras de este cuento viene otro, o más bien dicho otros, ya que para mí son uno sólo: El espejo y la máscara, seguido de Undr, nos sumergen en dos mundos que tienen en común la idea de la literatura como la búsqueda de una palabra, LA palabra, irrepetible y catastrófica: “He jurado no revelarla. Además, nadie puede enseñar nada. Debes buscarla solo.” El libro de arena continúa con la Utopía de un hombre que está cansado, relato que regresa al juego del tiempo que se desacomoda y nos transporta a un futuro hermenéutico donde se busca olvidar el ayer, donde “ya a nadie le importan los hechos, meros puntos de partida para la invención y el razonamiento”: Sentados a la mesa con un hombre futuro, podemos ver en las páginas, una vez más, el fulgor de nuestra insignificancia.
En seguida; los últimos cuatro cuentos terminan de zarandearnos En una última arremetida de escritura brutal. El soborno nos cuenta la historia de dos académicos de literatura sajona que diseñan un laberinto ético en cuya salida está la plaza que se disputan; Avelino Arredondo retrata a un hombre frío y anónimo con una sola misión, la hazaña que ha de perpetrar para después entregarse a las consecuencias. Finalmente, los dos últimos cuentos retratan un objeto fantástico cada uno; El disco y El libro de arena. El primero, único objeto sobre la tierra que tiene un solo lado y el segundo, el libro sagrado y monstruoso que invade todos los rincones de la vida (incluido el sueño) y que no puede ser destruido jamás: “Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta”.
El libro de arena, como compilación de cuentos, asemeja a su símil fantástico. Logra lo que busca; ser un libro infinito, donde caben todos los temas y ninguno, donde pueden hallarse a cada lectura interpretaciones nuevas, donde se reflejarán más y más lectores, al paso del tiempo, hasta la eternidad, sin principio ni fin.
Tras haber abusado de esta especie de reseña del libro, que extendí innecesariamente y que llené de citas y pleonasmos, sólo me queda decir que hice mi mejor esfuerzo y sin embargo no pude escapar de él. Tuve que enfrentarlo como a un minotauro, tras recorrer sus páginas laberínticas. Habemos quienes regresamos y regresaremos a Borges como se regresa a una verdad universal, a un hecho innegable; a esas poquísimas cosas que sabemos de ciertas en nuestra vida y a las que nos aferramos, las que decidimos un día que no dejaremos ir jamás.
Bien lo decía el autor de este libro infinito y de tantos otros: “Compruebo con una suerte de agridulce melancolía que todas las cosas en el mundo me llevan a una cita o a un libro”.
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**Texto parte de una especie de ejercicio bloggero colectivo, convocado por Antonio C., en Thespectraltiger
miércoles, junio 06, 2012
Si no escribo, ¿cómo?
domingo, octubre 23, 2011
Día del médico
sustituiría a Antonio López de Santa Anna (1791-1876),el doctor Valentín Gómez Farías (1781-1858). Oriundo de Guadalajara y graduado en la escuela de medicina de la universidad de esa ciudad, promulgó las primeras Leyes de Reforma (1833), asesorado por el liberal guanajuatense José María Luis Mora (1794-1850).
Entre otras acciones de corte enciclopedista ilustrado y en función de la ciencia positivista comteana, estableció la educación laica, secularizó las iglesias, separó el clero y el ejército de la política nacional y organizó la Biblioteca Nacional. Pero lo más notorio fue que clausuró la hasta entonces Real y Pontificia Universidad de México (fundada el 21 de septiembre de 1551) para reabrirla a cargo de la nueva Dirección de Instrucción Pública con el nombre de Universidad Nacional de México,1 autónoma a partir de 1929, en el marco de la reforma universitaria latinoamericana. Ahora dividido en seis centros de educación superior, el Establecimiento de Ciencias Médicas fue inaugurado, precisamente, el 23 de octubre de 1833.2 De este modo se combinaban ciencia y medicina con ética y humanismo."
He leído durante el transcurso del día las felicitaciones que emiten mis compañeros, maestros y colegas al respecto de este día. Me pregunto, sin embargo, cuántos de ellos conocen el origen histórico del día del médico, cuántos otros saben quién es Valentín Gómez Farías, cuántos más la trascendencia del trabajo que ellos realizan día a día. Cuántos más están conscientes de lo que representa ser médico. O más bien, me pregunto qué representa para todos ellos, suponiendo que cada quien le de un valor personal o particular.
No quisiera que mi texto se preste a malinterpretaciones. Nos hacemos médicos (o nos estamos haciendo médicos, porque a mi parecer la formación médica no termina nunca de formarse, de moldearse, de remodelarse) por distintas razones personales que no son el objeto de este texto, válidas todas y seguramente tan diversas como nuestras personalidades o intereses. Sin embargo, al pasar los años de carrera y los días de trabajo, la profesión termina por unirnos, generar un vínculo emocional y laboral dificilmente disoluble. Admiro y respeto a muchísimos de mis compañeros y maestros, he conocido excelentes académicos, excelentes seres humanos, excelentes clínicos e investigadores, e incluso he tenido el honor de conocer a quien cumple con todas las características anteriores y otras más. No dudaría un instante en confiar la vida de mis familiares más cercanos a varios de los maravillosos colegas de los que me he rodeado durante estos años de carrera, algunos ya médicos consagrados, otros que atraviesan, como yo, por el duro y largo proceso que lleva convertirse en el profesionista que uno desearía ser.
Extiendo mi orgullo y mi felicitación para todos aquellos que han decidido invertir su tiempo y su vida en esta profesión, que implica mucho sacrificio y mucha dedicación.
Sin embargo, no todo es color de rosa. Expreso esta opinión hoy, día del médico, pero quisiera extrapolarlo a todos los días de todos los años por venir. En vez de vanagloriarnos por una profesión que mucho tiene de noble, deberíamos también encarar muchas de las realidades que esta carrera nos ha arrojado frente a los ojos.
¿Quieren mi novata opinión tras 5 años y medio de inmersión en el mundo de la medicina de este país? Hay muchas cosas en las que estoy en desacuerdo, situaciones que me parecen inaceptables y que me llenan de impotencia, que aumenta cuando miro la indiferencia total de muchos de mis compañeros médicos frente a ellas.
Ningún ser humano es santo ni símbolo de perfección, somos imperfectos y erramos por naturaleza. Está mal asumir que por ser médicos somos omnipotentes o superiores a los demás. Me desagrada la prepotencia y la soberbia con que algunos colegas se pasean por los pasillos de un microcosmos en el que, aparentemente, son reyes. Me desagrada la total indiferencia de muchos médicos ante todo aquello que no sea su rama hiperespecializada de lo que para ellos es la medicina. La incultura, la falta de interés por la historia, el arte, la literatura, la música, la filosofía, incluso la bioética, que debería formar parte de su proceder cotidiano. El desconocimiento de todo aquello que ocurra fuera del perímetro del hospital, y, lo que es peor, la apatía frente a sucesos que ocurren incluso dentro del ámbito de trabajo. La falta total de empatía, el papel de superioridad que asumen frente a los pacientes y frente a sus compañeros de trabajo de menor grado.
Abramos los ojos. Hay mucho por hacer.
Nunca he sido fanática de la crítica sin propósito, pero este año de internado me ha dejado boquiabierta e indignada por muchas razones. Los médicos internos y residentes somos el soporte del sistema de salud de este país, la infraestructura de los hospitales e institutos médicos y sin embargo somos tratados de maneras irrespetuosas, se nos imponen labores que no nos corresponden, soportamos horarios que no sólo son fisiológicamente dañinos sino que además terminan con nuestras ganas de hacer las cosas. Se hace sentir al interno y al residente como una insignificante hormiga obrera, un saca-chamba, un talachero, aquél que hace todo aquello que nadie más en el hospital está dispuesto a hacer, alguien que no valdrá nada hasta que posea en sus manos las cédulas profesionales que a su especialidad y carrera correspondan. Al pasar los años, en vez de aprovechar la dura experiencia, sacar provecho del trago amargo y hacer los cambios pertinentes en la actitud hacia los que están abajo de nosotros, nos convertimos en tiranos que buscan someter a los internos o residentes de menor jerarquía a torturas iguales o peores. Somos víctimas de un sistema retrógrada, militar e indigno. No hay reglamentación para las horas de trabajo que debemos pasar en el hospital, en muchos de los centros hospitalarios no hay autoridades pertinentes que revisen la calidad de ambiente laboral y trato de los superiores hacia los médicos. Todos hemos pasado por ahí, todos lo hemos visto, todos lo hemos vivido y sufrido y TODOS hemos cerrado los ojos, mirado hacia otro lado, "ni modo, querías ser médico, en esta carrera se sufre, hay que templar el carácter". Algunos terminan asumiendo que el sistema es el correcto y el fin justifica los medios. Otros sólo bajan la cabeza, algunos más deciden que no piensan ser víctimas de ese sistema y se alejan en silencio del mundo hospitalario que implica la profesión que nosotros elegimos, dejando atrás aquello que nos hubiera gustado ser.
Además de estas condiciones inhumanas de trabajo, y tal vez un poco por esa causa, los pacientes reciben muchas veces tratos indignos, son evaluados de manera superficial y enviados a sus casas con diagnósticos erróneos o tratamientos paliativos y temporales, solución sencilla para que el médico, agobiado de tanto trabajo, se libre del paciente. Durante el internado o la residencia, todos hemos visto pacientes errantes, peregrinos de hospital en hospital por la falta de recursos en distintas instituciones que no se dan abasto con la gran cantidad de pacientes que genera esta abarrotada urbe, sumados a los pacientes del interior de la república. Nómadas sin diagnóstico ni consciencia de que está sucediendo en su cuerpo o su mente. Seres humanos que llegan en un estado vulnerable a ser recibidos con toneladas de burocracia y malos tratos de médicos que están muchas veces abatidos por las amplias jornadas laborales, el trato injusto y el ambiente desagradable de diversos hospitales. Otras veces, es tan sólo la falta de empatía, de cultura, de humanismo lo que lleva a estos médicos a tratar al paciente como un estorbo, como una carga. No quiero extenderme demasiado; tampoco quiero generalizar ni satanizar aquello que describo haber percibido en los hospitales mexicanos por los que he pasado. Me gustaría nada más dirigirme a mis compañeros, en este día del médico: Sí, felicidades. Muchos de ustedes son profesionistas maravillosos, que ayudan de manera individual a la resolución de problemas de salud de muchísimos pacientes, y eso es un tesoro invaluable, una retribución sin igual al trabajo que relizamos día a día. Los felicito ampliamente por hacer las labores que hacen, por dedicarse sin titubear a ayudar al prójimo, por contribuir a la ciencia médica, por asumir el compromiso ético y profesional que implica la medicina. Reitero: Colegas, felicidades.
Pero eso no es todo.
Aceptémoslo: Muchos médicos viven en total ignorancia de todo aquello que no concierna su inmediata especialidad, muchos médicos asumen que son superiores por la profesión que han elegido, muchos médicos terminan por ser fríos e indiferentes al dolor ajeno, muchos médicos ejercen su profesión por intereses muy lejanos al altruismo. Muchos médicos abusan de su autoridad y de la posición que genera estar frente a una persona vulnerable y cometen actos atroces. Muchos médicos se convierten en ególatras seres blancos en quienes, como dijo mi buen amigo Perea, no sabemos dónde termina la bata y dónde comienza la piel.
Aceptémoslo: Vivimos en un país donde no existe un adecuado primer nivel de atención, donde el primer contacto del paciente es una farmacia de genéricos o similares, y, mucho tiempo después, un hospital general o de tercer nivel, cuando el padecimiento ha evolucionado tanto que poco se puede hacer por éste. Vivimos en un país que valora más la subespecialización que la medicina preventiva, y eventualmente eso se refleja en la total saturación de los hospitales de segundo y tercer nivel de atención.
Aceptémoslo: Vivimos en un país donde no hay legislación respecto a las horas de trabajo de médicos internos y residentes, dónde no hay estipulación del trato y condiciones laborales a las que tenemos derecho, dónde nadie se preocupa por esos muertos vivientes que deambulan por los pasillos, se duermen en los consultorios y los quirófanos, llevan un estilo de vida que poco tiene de sano, aún teniendo perfecto conocimiento de lo que esto puede implicar, y nadie hace nada al respecto.
Antes de felicitarnos tan ampliamente, o si gustan, al mismo tiempo que nos felicitamos, encarémoslo: Nuestra bella profesión dista de ser la utopía que muchos promulgan.
Una vez emitida la opinión, la felicitación no está de más: ¡Feliz día del médico!
lunes, enero 03, 2011
Diez pesos le vale.
Hay rutinas que jamás terminan por parecer normales.
Para él, por ejemplo, es todo un reto. Cada día como una presentación teatral, frente a cientos y cientos de personas. Cada día un público distinto. Jamás los mismos ojos observando su rostro mientras empieza su parlamento, mirando fijamente cada uno de sus movimientos. Siempre un concurso de vistazos que parecen nuevos contra indiferencias que parecen conocidas.
Hoy será lo mismo. Camina sin prisa; le espera un día largo. Se quita el sudor de la frente sacudiendo la cabeza. En éste, su lugar de trabajo, hace siempre mucho calor.
La gente pensaría que cualquiera se sube a un vagón y vende lo que tenga a la mano. No funciona así. Cada línea del metro de esta ciudad tiene su organización, sus reglas, sus jefes. Unos menos amables que otros. La chivis no es particularmente un caramelo, pero al menos le deja hacer lo suyo. Se entendieron desde la primera vez que los presentaron.
Él tenía una mochila con un par de bocinas. Lo demás era obvio, no le quedaba sino vender música pirata. Si algo le gusta a La chivis, es la piratería. Pues cómo no, si es la jefa de vendedores de la línea 3 del metro. Y le gusta el reggaeton. Un par de muestras de su selección musical para cada disco, la entrega de la mitad de sus ahorros de toda la vida en la primera entrevista (la otra mitad la iría entregando en mensualidades) y quedó aceptado en el clan. Claro que hubo otros vendedores de discos que querían echársele encima. La competencia. Pero no podían hacer nada. Las canciones que él elegía eran siempre las mejores y, además, nadie sabía perrear como él. Alguna vez quiso ser bailarín, pero bah, qué más da. Todos quisimos algo imposible. Alguna vez decidimos ser astronautas o gimnastas o aeromozos o chefs. Pero no. Lo suyo, lo suyo, es vender en el metro los mejores discos de reggaeton, mientras se menea al ritmo de Daddy Yankee. Además, La chivis está de su lado. Nadie le puede arruinar el día.
Muy bien, piensa, pues ya estoy aquí. Habrá que empezar las ventas. Entra al quinto vagón (ha calculado perfectamente que a esa hora es el más lleno), llena su pecho con aire pleno de sudor vaporizado y comienza su parlamento:
Bueeeenas tardes damas y caballeros, en esta ocasión le traiiiigo a la venta
la cooooompilación de reggaeton que gusta a chicos-y-grandes
le trae nada más y nada menos que cientocincuentaytrés éxitos en versión mp3
paaaara escuchar en el carro, la casa o la oficina
sooon los mejores éxitos de calle trece a Daddy yankee
nooo olvidemos a Don Omar, Wisin y Yandel
looos mejores reggaetoneros directo de Puerto Rico
el díiiiia de hoy llegan a usted tras un larguísimo viaje
Eeeees el reggaeton que ha vuelto locos a chicos y grandes
Lléeeeeve lléve su disco le cuesta sólo diez pesos
Dieeeeez pesos le vale, diez pesos le cuesta
Cooompre el mejor disco para bailar pegaiiiito
Más de cieeeen temas selectos pa’ empezar el perreo.
Eees la música que ha prendido a toda laaaatinoamérica
Sólo dieeez pesos le vale, dieeez pesos le cuesta.
Respira profundo y repite dos veces el discurso. Antes de dedicarse a vender, alguna vez se preguntó qué pensarían sus colegas mientras fingían la voz y recitaban de memoria alguna frase antiguamente aprendida. Él no piensa en nada. Se concentra y saca su mejor tono, quiere llamar la atención hasta de aquellos que vienen más absortos en sus pensamientos. A veces no lo logra con aquellas oraciones tan bien escogidas. Pero por eso era el favorito de la Chivis, caray. Él sí que sabe vender. Voltea a su alrededor y ve algunas manos levantadas, con un destello semi-dorado y semi-plateado entre los dedos. Diez varitos, nomás. Hasta yo me compraría. Pero aún no han visto nada. Se percata de que muchos pasajeros lo ignoran. Es normal, nunca se puede ser el centro de atención. Pero hay que intentarlo.
Entonces recurre a su arma secreta: El perreo.
Presiona el botón de play en su mochila-grabadora y sube el volumen. Inmediatamente un escalofrío musical le recorre de la nuca a los talones. Coloca sus manos frente a su pecho, cierra los puños y comienza a mover el torso en espasmos hacia delante y hacia atrás, manteniendo los brazos bien rectos: El perreo. Adereza con un par de movimientos pélvicos (siempre saca un par de sonrisas a una que otra señorita) y da un giro brusco pero sensual. Sí, el perreo. Se escuchan algunos aplausos y se guarda un par de miradas más en la mochila-grabadora.
Una vez hecho su número artístico, vuelve a sacudirse el sudor de la frente (ante las caras azoradas de algunos y la habitual indiferencia de otros) y sonríe. Baja el volumen y, mientras suena de fondo Atrévete, de Calle 13, regresa a la segunda parte de su monólogo:
Aaaaasí es señoras y señores
Éeeeste es el disco que los hará campeones del perreo
Naaaadie se resiste ante un reggaeton bien bailadooo
Lleeeeeve, lleeeeve su disco de éxitos por sólo diez pesos
Dieeez pesos le vale, diez pesos le cuesta
Conquiiiiiste a hombres y mujeres por sólo diez pesos.
Lleeeve, llleve su disco de lo mejor del reggaeton.
Inmediatamente se levantan otras manos, antes tímidas. Reparte discos y sonrisas mientras se acerca a la salida del vagón. Las reglas son claras; una estación por venta, nada más.
Cuenta las monedas que lleva en la mano derecha: -Sesenta varitos en cuatro minutos. Soy una máquina-, se dice.
-El mejor vendedor. Por eso me quiere La Chivis. Si sigo así, en unos diez años acabo de pagarle mi deuda nomás con la comisión. Daddy Yankee estaría orgulloso-.
Mete el dinero en la bolsa de su pantalón, se estira y continúa caminando. Le quedan cinco minutos antes de subirse al siguiente vagón.
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**Relato parte del proyecto "Siguiente estación", coordinado por @seacaboeljabón.
Paradas previas:
"Alfiles cobardes" de @ProfeTriste
"La banca de la estación en la que nadie, nunca se sentaba" de @aleida_belem.
domingo, diciembre 05, 2010
La fama
Tal vez fue por eso que, cuando por fin encontró aquella enorme y fría mansión, tras haberse dedicado a su búsqueda intransigible, resolvió que dejaría todo y entraría en ella.
Era definitivo.
Se despediría de sus amores, de su familia, de su pasado. En su vida ya no había lugar para amigos ni enemigos. No cabía en él ni un recuerdo, ni una frase. No tenía nombre ni país. Se olvidaría del lugar donde venía. Él no existía ya más que para vivir en aquella casa.
Resuelto, respiró. Había andado mucho para llegar a donde estaba ahora. Puso un pie dentro y cerró la puerta.
Dejó todo atrás con ese portazo, borró toda estela. Renació en ese momento, única y específicamente para vivir en esa monstruosa casa inhóspita que es la fama. Para caminar a sus anchas en sus salones, para escribirse una y otra vez en sus muros, para recorrer glorioso sus pasillos.
Se tatuó en cada estancia, se bordó interminablemente en los retratos, se fotografió desnudo en sus recámaras, se devoró lentamente en aquellos comedores.
Jamás salió de allí. Murió solo, vacío de tanta falsa gloria, mirándose en el cruel espejo de la mentira.
sábado, diciembre 04, 2010
Obsesión
Yo ya me bebí toda la obsesión que hay en el mundo.
Ni siquiera sé cómo me cabe tanta dentro. Sólo sé que me la bebí, que ya quedó dentro, que ha viajado a mi sangre, que no la puedo eliminar. Y que me corroe, y que no puedo detenerla. Ni escapar de ella.
La obsesión se ha convertido en lo que soy.
jueves, noviembre 18, 2010
Gandolineros
Desde que tu hermano aprendió a manejar en tu carro, no para de pedírtelo para satisfacer su frenesí de choferear. Ya se le pasará, pero mientras tanto recibes tu auto como una lata vieja, vacía de gasolina. Y desde que tu novio vive al otro lado de la ciudad hay que subirse a la lata y esperar que ruede hasta allá. Y rueda. Después sales apurada porque tienes clase de francés y no puedes faltar, pero los arrumacos ya te retrasaron. Te subes al coche y te saluda amable la lucecita en forma de dispensador de gasolina. No, no significa que ganaste unos litros en la gas más cercana (imaginar el foquito parpadeando y un sonido de fondo: ¡tin tin tin tin tin!). Significa que hay que ir a ponerle, lo cual va a retrasar aun más tu travesía. Entonces decides ir a la más cercana de la lateral en Periférico, para no desviarte del camino. Te subes al auto y mientras miras nerviosa la lucecita amarilla en tu tablero, manejas. Con la mente lejos, o coloquialmente hablando, "en la pendeja". Quieres salir a la lateral cuando es debido pero te distres y no te abres lo suficiente. A punto de estrellarte con el camellón de periférico, volanteas y estás a un metro de estrellarte con un taxi. Tras el susto, intentas seguir manejando pero el taxi pone sus intermitentes y se amarra frente a ti. Perfecto. Ya puedes ver los titulares del metro "Joven estudiante de medicina asesinada por taxista psicópata". Pero el psicópata no se baja. Sólo sigue delante de ti. Con sus intermitentes. Gente loca. De otro volantazo te cambias de carril y sigues avanzando. Aceleras y lo pierdes. Con la taquicardia apenas amainando, vuelves a salir a la lateral para esperar llegar a la próxima gasolinería. Avanzas, avanzas, mientras el foquito infernal te hace guiños. Hasta que llegas. Resoplas de alivio. Para evitar que te vuelva a caer la prisa en el futuro, decides llenar el tanque. Bajas la ventana y un hombrecillo amable te pregunta cuánto. Le dices que lo llene, por favor. Claro que sí, seño. (Tsss, seño, crisis etaria, ni modo). Y luego se acerca y te dice, listo, ¿me abre su cofre? Sí, como sea. Uy seño, le falta un litro de aceite, ire. Ah, sí, bueno, luego lo lleno, tengo prisa. ¿Segura, seño? Híjole, pero lo que sí va a urgirle va a ser su cambio de anticongelante, porque el que trae ya no le funciona. ¿Cómo? Piensas. Si le acabo de poner dos botellas hace menos de dos meses. Haces cara de extrañeza. El hombre insiste: De verdad, seño, si no se le desviela el carro y pa que quiere. Mejor le hacemos el cambio de una vez. Si quiere bájese pa que vea. Te bajas de mala gana. Miras el cofre. Ire, señito. Honestamente, no ves nada. El contenedor de plástico transparente que lleva el anticongelante está casi lleno de un líquido amarillo. Huela, señito. Está descompuesto. De suerte no se le desvieló ya. La verdad, no hueles nada. Debes haber hecho una cara como de que nunca habían abierto el cofre frente a tus ojos, y que todo este tiempo pensaste que dentro de él había duendecitos parecidos a los del cereal Lucky Charms haciendo funcionar el motor, porque otros tres gandules en uniforme de PEMEX se acercaron inmediatamente. Qué pasó, mi Mau, ¿una manita? Uy... este anticongelante ya no sirve. Sí, es lo que le digo a la seño, hombre. El gandul número dos acerca su mano al depósito de anticongelante, gira la tapa negra, la retira, y el anticongelante brota a chorros. ¿Ve, señito? Le digo. Mire como sale. Desesperada porque vas a llegar muy tarde al francés, dices ¿qué chingaos? Póngale anticongelante, pues. ¿Cuánto puede costar? 50 pesos la botella. Equis. Vertiginosamente, los gandules gasolineros (gandolineros) comienzan su labor. Sacan una manguerita negra que al parecer tiene aire, aspiran, sacan un par de botellas de anticongelante... de pronto se detienen. Oiga, ¿cuándo le hicieron el servicio a su carro? Porque está rete-llenísimo de sarro, ire (te enseña un dedo con algo negruzco), con razón se le descompuso el anticongelante. Pero no se preocupe, para eso está esto. Mientras habla, saca dos botellas de plástico, de un líquido azul y las echa donde va tu anticongelante sin siquiera preguntarte tu opinión. Después, todo va muy rápido. Ves fluir una tras otra botella de anticongelante frente a tus ojos. Ves que abre un par de latas de metal mientras dice, desde el cofre: Diunavez el aceite, seño, pa que quede como de agencia. Y vacía las latas. Te quedas muda, sólo aciertas a detenerlos cuando van a proveerte también de limpiaparabrisas. Pero al parecer, ya es tarde. El primer gandolinero te acerca un cuaderno, mientras el otro rocía el interior de tu cofre con la manguerita de aire y un líquido amarillo. Listo, señorita. Son 950 pesos. (Inserte aquí sonido de disco rayado, scraaaatch) ¿Quéeee? ¿Mil varos? Sí, seño. Cinco botellas de anticongelante cuestan 250 pesos, el quitasarro 100 porque fueron dos botes, más el aceite que le pusimos de una vez otros 100 pesos, y del líquido con el que está "lubricando" su cofre son otros 80. Más 420 de gasolina, seño. 950. ¿Forma de pago? Irritada por la prisa y el contratiempo, le sueltas la tarjeta de débito, que te va a regresar casi vacía. Más allá de que te hayan cobrado esa cantidad de dinero, te sientes estúpida de haber sido engañada por tres simios. Tienes ganas de llorar del coraje. Firmas apurada y por alguna estúpida razón les das diez pesos de propina a dos de los simios. Por haberte estafado. Por haber sido más listos que tú. Regresas al periférico y sigues manejando furiosa. Son las 8.59. Tu clase empezaba a las 8.30.
Existen días en que los dioses conjuran contra ti.
jueves, octubre 21, 2010
Corcholata
¿Dónde estoy? Hay algo que se burla de mí, en algún sitio. Pensaba. Como siempre, pensaba. Y pensar no le servía de un carajo.
Abrió la mano derecha tras percatarse de que algo escurría. Claro, la corcholata.
Antes de cerrarse, su mano albergó una corcholata. Ahora se había encajado, dejando las marcas de sus dientes en la piel. Lo subjetivo era ahora objetivo. El sabía que esas marcas las llevaba ya, ardiéndole en algún lado. Ahora estaban en su piel. La corcholata.
¿Qué carajos? Sólo un fragmento de metal, el sello esfacelado por el tiempo. Una pieza ridícula, nada más. Guardada por tantos años, ¿para qué? Difícil comprender que la mano sangrara ahora por aquel pedazo de basura engrandecido por el recuerdo.
Alguna vez escuchó el chiste del hombre que llevaba los bolsillos cargados de piedras. Él los tenía llenos de promesas, concentradas en esa maldita tapa circular, tan igual a cualquier otra, tan inservible como todas, que seguramente era sólo un obstáculo que lo separaba de algún elíxir bebible. Qué absurdo. La apretó de nuevo, ahora con la mano contraria. Contrajo el puño como si quisiera convertirlo en piedra. Cuando empezó a descender por la muñeca el hilacho rojo y líquido de su sangre, se detuvo. Aflojó la mano, miró la corcholata y la arrojó lejos. La vio rodar hasta perderse en la repugnante inmensidad de alguna coladera. A la mierda. Se lamió la sangre de ambas manos y volvió a escupir, tras carraspear larga y roncamente. Miró el gargajo expulsado, refulgiendo desde la acera.
Brillaba. La oscuridad debía seguir dentro de él.
martes, octubre 05, 2010
Cómo parte tu partida...
Ayer soñé con Gaby, me desperté triste y corrí a buscar una foto suya en mi computadora:

Mirando la pantalla, me eché a llorar frente a sus enormes ojos negros, fijos ahora para siempre en la memoria y las fotografías.
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Este texto no tiene propósito. No tiene un fin literario. No tiene estilo, y tal vez su belleza radique sólo en lo que significa para mí. Pero de todos modos lo comparto:
-Para Claus.
Son ya diez meses de la muerte de mi amiga. Han sido meses de silencio. Aún me pregunto por qué no pude escribir, por qué no pude hablar. Durante semanas me quedé encerrada, llorando cada vez que leía en algún libro retratos de enfermedad, o veía casos terminales en mis series médicas, como una quinceañera ñoña viéndose reflejada en alguna telenovela absurda. Llorando en las fiestas cuando de pronto pensaba que mientras yo le daba un trago a mi cuba, Gaby faltaba en algún lado donde debía estar. Faltaba en su cama, en su cuarto, en su casa, en su familia, en la vida de muchas personas. Preguntándome si de verdad quería ser médico, si quería seguir enfrentándome a la muerte de muchas otras Gabrielas que no tendrían cabida en mi vida.
Desde que supe que tenía leucemia, entendí que Gaby no iba a estar viva mucho más tiempo. Tras unos años en la medicina algo te dice que una enfermedad tan dura diagnosticada a los 21 años probablemente no te permita llegar a los 40. Pero nunca pensé que fuera a estarlo tan poco. Antes del transplante ella me había dicho que tenía miedo, pero esperanza. Que le habían dicho que al transplantarla podía curarse del todo, que eran mayores las probabilidades de éxito que los riesgos. En medicina nos manejamos por estadísticas, nos basamos en evidencias, en porcentajes de casos resueltos contra porcentaje de muertes, etcétera. Cuando una de tus mejores amigas tiene leucemia, valen un carajo. Las probabilidades a Gaby no le sirvieron de nada. Le sirvió, en cambio, su carácter. Gabriela tenía planes. No pensaba regresar a la Facultad de Medicina en Iztacala a la que le costó dos años entrar, ella había visto suficiente de hospitales como para dedicar su vida a ellos. Quería conseguirse un trabajo tranquilo y ahorrar para viajar lo más posible. Hacer algo valioso con el tiempo que tuviera por delante. Vivir sin arrepentirse. Bromeaba: “después de esto, me cae que me hago huila”. Gaby siempre bromeaba. Siempre sonreía y se burlaba del mundo a su modo malhablado, te daba consejos irónicos y te echaba en cara tus pendejadas, pero estaba siempre allí para ayudarte a través de ellas. Era una persona echada para adelante. Tengo sus fotos en mi pared para recordar a diario su cara, aunque me acuerdo más que nada de sus dulcísimas palabras “Órale, perrita, consíguete un huey que sí te quiera. Eres re-zorra”. De su risa explosiva y sus tonterías. Del modo en que te apoyaba sin ese toque lastimero con que te acompaña mucha gente. Así traté de apoyarla yo cuando estuvo enferma. Le hablaba para contarle chismes, le platicaba de las fiestas y el estrés de la escuela, nos reíamos al pensar en viejos tiempos, ironizábamos con aquellos que no sabían como acercarse y le hacían comentarios raros o actuaban de modos extravagantes. La escuché cuanto pude, teniendo en cuenta cómo era nuestra amistad antes de saber que estaba enferma; nos veíamos de vez en cuando y pasábamos temporadas de no saber nada de la otra. De pronto nos encontrábamos y tomábamos café y platicábamos como si nada, y entendíamos que seguíamos siendo tan amigas como siempre. Así, con la naturalidad de siempre, la acompañé en su lucha.
Eventualmente, su lucha se truncó.
Lo supe por teléfono. Tuve que regresar de un viaje en Acapulco para venir a afrontar la despedida. Regresé envuelta en una nube de irrealidad, que me duró hasta que entré a la funeraria y leí, escrito en el pizarrón, Srita. Gabriela Flores Melo.
Así, su nombre sin más, su nombre como antes estuvo escrito en la lista de la prepa, en las prácticas que hacíamos juntas en Área 2, en los trabajos que entregamos, en el anuario, como estuvo después en expedientes, innumerables estudios de laboratorio y gabinete y pizarrones de hospital. GABRIELA FLORES MELO. Me estallaron los ojos y perdí la cabeza.
Cuando entré a la sala que correspondía no estaba ya su mejor amiga de la prepa, a quien tenía muchas ganas de ver. Había ido a descansar. Ví sólo dos caras conocidas, y tras saludar a su mamá me senté a esperar las cenizas. Pasaron 3 horas en las que no dije ni una palabra y no puedo recordar ni una sola cosa que haya cruzado mi mente. Finalmente entraron los de la funeraria. Tenían una urna rosa en las manos. No a Gaby. Una urna rosa. No era Gaby. Era una urna. Gaby ya no era Gaby. Sentí una punzada atraversarme.
...Al final, nada de eso importa. Gaby sigue faltando, pero el hecho de que falte sólo nos dice hasta qué punto formaba parte de todo. Hasta qué punto se ha ido quedando en pequeñas cosas. Cuánto pueden despertar en mí unos ojos grandes y una tez morena, cómo puede revolverse mi estómago cuando detecto en alguien un gesto que le perteneció en otros tiempos.
Gaby falta porque estuvo, pero Gaby está aunque se haya ido. Pinche zorrita. Le daría náusea tanta cursilería. Y no me importa. La recuerdo y la llevo siempre conmigo. Cargo el hueco que me dejó, pero al mismo tiempo estoy llena de ella.
Gaby se fue pero se queda.
martes, septiembre 28, 2010
Analfabeta
Las teclas de la computadora devoran las yemas de mis dedos y luego las vomitan y se cagan de risa. Jo-jo. Pendeja.
¿Escribir a mano? Ni soñando. La maldita pluma escupe todo menos una frase decente. Garabatos horribles, nunca he sabido dibujar y no me importa mucho que digamos, pero creo que alguna vez supe escribir. Ya no. La tinta negra me recuerda, en primer lugar, que tengo una letra horrible. En segundo, que reitero. Que escribo siempre del mismo recuerdo, con el mismo estilo cursi y tibio, que no alcanza a ser alegre y ligero pero es demasiado novato para declararse profundo o denso.
Colecciono cuadernos y artículos de papelería que no hacen más que susurrar, cuando paso a su lado, que soy una inútil. Que el papel sigue en blanco y los cartuchos de las plumas se desbordan de novedad. Escucho sus balbuceos y sus risitas ahogadas. Volteo a mirarlos, fúrica. Los cuardenos guardan silencio, no son tan tontos. Pero ya es tarde. Los arrebato de sus inmóviles repisas, los abro de golpe, me apodero de cualquier artefacto con el que pueda rayarlos y arremeto contra ellos. Saturo dos o tres de sus páginas y luego las miro, asqueada. ¿Qué es eso? Creo que ni letras hay. No hay coherencia. Si las examina un neurólogo, a que me diagnostica afasia. Me arde el orgullo y arranco hoja por hoja. ¿Querían jugar los cabrones cuadernos? A ver si tanta gracia les causa estar mutilados. Los miro fijamente y me los como de un bocado. ¿Y la pluma, o él lápiz? Bah, siempre puedo utilizarlos para garabatear apuntes horribles de medicina, que al final ni voy a leer. A ver si siguen quejándose de que los ignoro. Ahí les va su estrenón.
La computadora es siempre una aliada. No importa si no sabes escribir. En los medios electrónicos de comunicación da igual si escribes en islandés, cirílico, español o si ladras. Con que pongas caritas felices o tristes la gente parece entenderte. Y si quieres escribir para tí, porque crees que eso sabías hacer, puedes hacerlo. No te va a gustar de todos modos, pero basta con darle un clic al mouse, arrastrarlo de un lado a otro de la página y recurrir a tu goma electrónica, el supremo botón SUPRIMIR. Si algo de supremo hubiera habido en el documento ahora en blanco, no habríamos tenido que suprimirlo. Pero tuvimos que, era necesario. Sin tanto dramatismo, regresamos al vacío, a la historia por escribirse que esperará eternamente mientras el cursor parpadea en la pantalla.
No pasa nada, gente, de veras. Es sólo que no sé escribir. Presionar teclas es fácil, también mover la punta de la pluma que apoyaste en el papel. Pero escribe, escribe, ¿a ver? Con tu vocabulario escaso que desde que estudias medicina se te escapa poco a poco de la cabeza a través de cada poro de tu frente, deslizándose entre ríos de sudor, no creo que sea posible. Con tu poca capacidad de frustración y esa maldita goma electrónica mirándote cínica desde el teclado, seduciéndote para que la acaricies, más bien creo que es un objetivo inalcanzable.
Ni modo. Puedo encontrar alguna otra manera de expresarme. Igual y hago ollitas de barro, o pulseras con hilos psicodélicos y se las vendo a los hipsters de mi colonia mientras fumo un poco de marihuana. También puedo cantar, o bailar reggaeton en el metro. Eso sí que se me da, y quién quita hasta gano unos centavos. Ahorro y me compro unos Melox para ayudarme a digerir todos los cuadernos que me comí en mi desesperación. Puedo maquillarme de formas exóticas y vestirme con trapos teñidos por mí, en mi azotea. O aprender a tocar la gaita y destruirle los tímpanos a los comensales de los cafés cercanos a mi casa. Como sea. Todo sea por no escribir.
Qué le voy a hacer. Al parecer, soy analfabeta.
jueves, agosto 26, 2010
El regreso
No sé si fue en un lapso o en una crisis, más bien creo que fue la segunda. El texto que abrió (http://fhernandhah.blogspot.com/2005_09_01_archive.html) fue una breve crónica de mi insatisfacción, amiga constante y solidaria, en ese momento muy activa gracias a un evento de malacopa épica en que generé una fama que aún hoy no se olvida del todo.
Ya antes había compartido blog con un buen amigo de la secundaria, donde escribía uno que otro texto de vez en vez (www.sindioses.tk) Me gustaba leer los comentarios, la retroalimentación era bastante buena. Entonces abrí el nuevo, que documentó el tránsito por mis diecisiete años, animada además por un par de amigos de letras inglesas que escribían seguido en sus respectivos blogs y tenían un círculo de amigos-lectores bastante constante. Así que escogí un título forever -ESTA BOCA ES MÍA- (adolescente, al fin y al cabo), y me dí a la tarea de documentar mi último año de prepa, mi misantropía, mi opinión acerca del mundo que me rodeaba y algunos cuentos o poemas que en ese entonces surgieron.
Luego vino la universidad. Traté de seguir actualizando, al inicio, incorporando elementos de mi nueva vida de estudiante de medicina al blog. No funcionó. Además, me enamoré y me dediqué al cien a mi absorbente relación y a mi más absorbente carrera. No quedó tiempo. Le bajé a la lectura no médica y a la misantropía, ambas ingredientes fundamentales para animarme a escribir. Después de un par de entradas en el 2007, perdí la contraseña del mail que utilizaba y no pude recuperar mi viejo blog.
El tiempo ha pasado pero miro atrás y recuerdo lo satisfactorio que fue para mí construir ese blog. Me hice de un círculo de lectores algo constantes, a los que yo leía y que me leían, a muchos de los que conocí solamente a través de sus posts y jamás ví en persona, otros con los que el ya existente lazo de amistad se fortaleció a través de nuestras lecturas. Entre mis lectores desconocidos,apareció uno. El amor platónico del blog. Como dije, ha pasado tiempo. El amor platónico del blog, al cabo de los años y el gusto a la distancia, apareció un día en carne y hueso. La aparición fue fugaz, pero su presencia quedó allí, como un post-it con los pendientes pegado en algún refrigerador, mientras cada quien seguía inmerso en su vida. Las redes sociales mantuvieron el pegamento del eterno post-it. Seguí con la carrera, con el primer amor, que terminó y no, que siguió y se truncó tantas veces. Dos años juntos, tres de dar patadas de ahogados y mantener una relación eufémica en la que estábamos y no juntos. Pronto serán cuatro años. Cuatro años de que entré a la carrera, de que abandoné el blog y pegué aquel post-it en mi refri, de que conocí a mi primer amor, con quien me entregué a la larga turbulencia que por fin amaina. Todo eso va quedando atrás.
Hace no mucho, el amor platónico del blog reapareció en una fiesta. La segunda vez que lo veía, después de un par de años de leerlo. Hoy, el amor platónico del blog ya no es platónico ni es del blog. Hoy está a mi lado. Hoy he retomado el placer por la escritura y la lectura, que nunca abandoné del todo, pero que postergué los primeros meses o años de carrera y fueron volviendo paulatinamente desde hace casi dos años. Hoy llevo un par de meses obsesionada con twitter (@fhernandhah), en donde tengo también una serie de tuiteros talentosos que seguir, algunos de los cuales me siguen también y con los que me encanta retroalimentarme, de los cuales varios tienen blogs que valen la pena (links del lado izquiedo).
Hoy, la medicina no ya es el centro de mi vida pero sí parte importante, y además día a día me da mucho sobre lo cual escribir. Ha sido una pena no tener en estos años un espacio donde plasmar tantas de las cosas que vives durante el estudio de esta carrera. Hoy espero poder aprovechar este espacio, y crear una red como la que creé sin querer alguna vez, hace casi 5 años, de la que obtuve tantas cosas buenas y gracias a la cual conocí a la persona de la que estoy enamorada hoy.
Es éste el regreso, meloso e intenso.
Espero dé comienzo a muchas cosas.
