jueves, noviembre 18, 2010

Gandolineros

Existen esos días en que los dioses (que no existen) conjuran contra ti.
Desde que tu hermano aprendió a manejar en tu carro, no para de pedírtelo para satisfacer su frenesí de choferear. Ya se le pasará, pero mientras tanto recibes tu auto como una lata vieja, vacía de gasolina. Y desde que tu novio vive al otro lado de la ciudad hay que subirse a la lata y esperar que ruede hasta allá. Y rueda. Después sales apurada porque tienes clase de francés y no puedes faltar, pero los arrumacos ya te retrasaron. Te subes al coche y te saluda amable la lucecita en forma de dispensador de gasolina. No, no significa que ganaste unos litros en la gas más cercana (imaginar el foquito parpadeando y un sonido de fondo: ¡tin tin tin tin tin!). Significa que hay que ir a ponerle, lo cual va a retrasar aun más tu travesía. Entonces decides ir a la más cercana de la lateral en Periférico, para no desviarte del camino. Te subes al auto y mientras miras nerviosa la lucecita amarilla en tu tablero, manejas. Con la mente lejos, o coloquialmente hablando, "en la pendeja". Quieres salir a la lateral cuando es debido pero te distres y no te abres lo suficiente. A punto de estrellarte con el camellón de periférico, volanteas y estás a un metro de estrellarte con un taxi. Tras el susto, intentas seguir manejando pero el taxi pone sus intermitentes y se amarra frente a ti. Perfecto. Ya puedes ver los titulares del metro "Joven estudiante de medicina asesinada por taxista psicópata". Pero el psicópata no se baja. Sólo sigue delante de ti. Con sus intermitentes. Gente loca. De otro volantazo te cambias de carril y sigues avanzando. Aceleras y lo pierdes. Con la taquicardia apenas amainando, vuelves a salir a la lateral para esperar llegar a la próxima gasolinería. Avanzas, avanzas, mientras el foquito infernal te hace guiños. Hasta que llegas. Resoplas de alivio. Para evitar que te vuelva a caer la prisa en el futuro, decides llenar el tanque. Bajas la ventana y un hombrecillo amable te pregunta cuánto. Le dices que lo llene, por favor. Claro que sí, seño. (Tsss, seño, crisis etaria, ni modo). Y luego se acerca y te dice, listo, ¿me abre su cofre? Sí, como sea. Uy seño, le falta un litro de aceite, ire. Ah, sí, bueno, luego lo lleno, tengo prisa. ¿Segura, seño? Híjole, pero lo que sí va a urgirle va a ser su cambio de anticongelante, porque el que trae ya no le funciona. ¿Cómo? Piensas. Si le acabo de poner dos botellas hace menos de dos meses. Haces cara de extrañeza. El hombre insiste: De verdad, seño, si no se le desviela el carro y pa que quiere. Mejor le hacemos el cambio de una vez. Si quiere bájese pa que vea. Te bajas de mala gana. Miras el cofre. Ire, señito. Honestamente, no ves nada. El contenedor de plástico transparente que lleva el anticongelante está casi lleno de un líquido amarillo. Huela, señito. Está descompuesto. De suerte no se le desvieló ya. La verdad, no hueles nada. Debes haber hecho una cara como de que nunca habían abierto el cofre frente a tus ojos, y que todo este tiempo pensaste que dentro de él había duendecitos parecidos a los del cereal Lucky Charms haciendo funcionar el motor, porque otros tres gandules en uniforme de PEMEX se acercaron inmediatamente. Qué pasó, mi Mau, ¿una manita? Uy... este anticongelante ya no sirve. Sí, es lo que le digo a la seño, hombre. El gandul número dos acerca su mano al depósito de anticongelante, gira la tapa negra, la retira, y el anticongelante brota a chorros. ¿Ve, señito? Le digo. Mire como sale. Desesperada porque vas a llegar muy tarde al francés, dices ¿qué chingaos? Póngale anticongelante, pues. ¿Cuánto puede costar? 50 pesos la botella. Equis. Vertiginosamente, los gandules gasolineros (gandolineros) comienzan su labor. Sacan una manguerita negra que al parecer tiene aire, aspiran, sacan un par de botellas de anticongelante... de pronto se detienen. Oiga, ¿cuándo le hicieron el servicio a su carro? Porque está rete-llenísimo de sarro, ire (te enseña un dedo con algo negruzco), con razón se le descompuso el anticongelante. Pero no se preocupe, para eso está esto. Mientras habla, saca dos botellas de plástico, de un líquido azul y las echa donde va tu anticongelante sin siquiera preguntarte tu opinión. Después, todo va muy rápido. Ves fluir una tras otra botella de anticongelante frente a tus ojos. Ves que abre un par de latas de metal mientras dice, desde el cofre: Diunavez el aceite, seño, pa que quede como de agencia. Y vacía las latas. Te quedas muda, sólo aciertas a detenerlos cuando van a proveerte también de limpiaparabrisas. Pero al parecer, ya es tarde. El primer gandolinero te acerca un cuaderno, mientras el otro rocía el interior de tu cofre con la manguerita de aire y un líquido amarillo. Listo, señorita. Son 950 pesos. (Inserte aquí sonido de disco rayado, scraaaatch) ¿Quéeee? ¿Mil varos? Sí, seño. Cinco botellas de anticongelante cuestan 250 pesos, el quitasarro 100 porque fueron dos botes, más el aceite que le pusimos de una vez otros 100 pesos, y del líquido con el que está "lubricando" su cofre son otros 80. Más 420 de gasolina, seño. 950. ¿Forma de pago? Irritada por la prisa y el contratiempo, le sueltas la tarjeta de débito, que te va a regresar casi vacía. Más allá de que te hayan cobrado esa cantidad de dinero, te sientes estúpida de haber sido engañada por tres simios. Tienes ganas de llorar del coraje. Firmas apurada y por alguna estúpida razón les das diez pesos de propina a dos de los simios. Por haberte estafado. Por haber sido más listos que tú. Regresas al periférico y sigues manejando furiosa. Son las 8.59. Tu clase empezaba a las 8.30.
Existen días en que los dioses conjuran contra ti.

lunes, noviembre 08, 2010

Las casas de tu cosa... o eso...

Así que insististe. Para que fuera, a pesar de que yo te había reiterado que me incomodaba. Insististe, aún así. Como sea. Tal vez querías cerrar un ciclo. Tal vez querías (como siempre) tenerla cerca. Me da lo mismo.
Qué bueno que haya ido a visitar a los fantasmas. Que se le haya revuelto el estómago: sus fantasmas son ahora mi realidad.
Quesque las vigas de madera del garage. Las vió tanto tiempo por cobarde. Por miedo a entrar. Por quedarse en la comodidad. Y que las mira, y que se le ocurre escribirlas. Bah. Y luego la puerta. Qué bueno que recuerde que te hicieron ese letrero de feliz cumpleaños siendo un bebé. Ahora soy yo quien lo verá año tras año.
Y luego atravesó el umbral. ¿Sabes qué había en el umbral? Estaba yo. Envuelta en un vestido negro y ceñido. Conviviendo con tus amigos de letras, como ella no lo hizo jamás. Adaptándome perfectamente a tu mundo, ahora también el mío, y nunca el suyo.
La luz tenue incrementa en cuanto yo estoy adentro de tu casa, mi vida, yo soy tu luz. Error pensar que la luz sólo aumenta en las mañanas, eso lo creía ella por ser mediocre oscuridad. Los muebles y las alfombras me miran desde sus rincones y se alegran, la belleza le gusta hasta a las cosas inanimadas. Los relojes en la pared marcan el tiempo, dividiéndolo en el que paso a tu lado y el que transcurre mientras me extrañas. Y no les cabe ni un segundo más. Por supuesto que el tiempo para ella hace tiempo que fue expulsado de cada uno de esos relojes que tanto dibuja en su memoria. Relojes fantasmas.
Después describe lo demás. El piano que nadie toca, ajá. Y un pez que dice que le da lástima, y le regala unas palabras cursis, llenas de pena. Así la vi yo esa noche. Un pobre pececito. Tratando de aparentar que nadaba a sus anchas, cuando era claro que estas aguas ya no eran las suyas y ni sus branquias le ayudarían a respirar. Tuvo que arrojarse fuera de tu casa, esa pecera fantasma, como un pez suicida. Y se largó sin despedirse. Ja. Hablando de lástima.
Luego el mueble donde estaba la tarántula que no conocí y ella sí. Su igual, la tarántula. Desagradable y venenosa, aunque las hayas querido mucho a ambas. El taller de tu padre, de donde te hice quitar sus fotos, el taller ahora vacío de ella. Para mirar hacia allá tuvo que ver tu pizarrón. Le sonreí desde los trazos, Cortázar sonriendo conmigo. Tu padre sentándose a enseñarle a usar el esmeril. Tantos recuerdos de una familia que ya nunca será la suya, de un tiempo que jamás volverá. Tantos fantasmas que, al acompañarla, la atormentan, y me encargo yo que jamás le sean amables.
La alacena, dice. La próxima vez que te vea te voy a meter ahí y te voy a coger como si no hubiera mañana. Para profanar todos sus recuerdos y sus lugares, que jamás le han pertenecido pero ahora me pertenecen a mí. Para desterrarla.
Los gatos. Lloró cuando se fue el gato, dice, porque le intrigaba su temperamento. Metáfora del tuyo. Pero ella te dejó ir, y ahora no hay modo de hacerte regresar. Eres mío. Dice que llegó una autista y luego una loca. La loca fui yo, y, en efecto, así no la extrañarías. Soy una mejor loca. Soy tu loca. Las gatas fantasmas le arañan el alma, porque saben que estoy en su lugar. Ja y recontra-já. El agua que cae en la fuente borra todo aquello que vivieron juntos. Lava tu casa, la deja limpia de ella y su veneno. El mouse de tu computadora disfruta de mi tacto, como toda tu piel. Goza cuando lo acaricio. Las escaleras que yo he de subir hasta que la casa deje de ser tuya. Las escaleras que ella no volverá a subir jamás. El baúl donde ponían los pies al poner las películas me mira ahora cuando deslizo mis manos bajo tus pantalones y te toco frente a la televisión. Tantos peces en tu casa y ella el único que no sabe nadar ahí, ya. Pobrecilla. Tan fuera de lugar, tan nimia frente a mí.
Los azulejos del baño que me miran desnuda, bañándome contigo, llenándome de ti, el póster detrás de la puerta que ha visto tantas mujeres pero se acuerda sólo de mí.

Tantas cosas que le gustan y que no la acogerán nunca más. El cuarto que estás desmontando, al igual que desmonto yo todo lo que ella fue para ti.
El cuarto de tu madre, donde me desnudaste por primera vez, donde te quedaste mirándome largamente, donde no podías creer tenerme por fin entre tus brazos. Donde me dijiste que sabía a fresas.
Y luego ella iba hacia abajo. La ví cuando subía, supe que subía para ver una a una “las cosas de tu casa” Y deseé que entrara a tu cuarto y lo viera lleno de mí. También la vi al bajar. Ahora resulta que se detuvo frente a aquel cuadro tuyo. Que te regaló hace tres años, y es sólo para ti. Nadie debe leerlo, dice. Yo ya lo leí, como te he leído todo. Nimodo, si algo sé hacer es leer. Que bueno que se despide. Que baje las escaleras como el pez moribundo que es. Que cambie de aguas para siempre. Que no vuelva. Nada en ella es sólo para ti. Nada en ella fue sólo para ti nunca.
Se salió, pececillo asustado, pobre.
¿Las cosas de tu casa? Ya son todas mías.

**Los personajes y lugares que aparecen en este post son completamente ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. JE.