sábado, diciembre 18, 2010

Ejercicio.

Ejercicio para no seguir con el blog en blanco por más días.
Debe usted saber, estimado lector (si es que alguien me lee por aquí, si no pues igual; estimado lector imaginario y apolillado), que mi biblioteca musical del Itunes es la mejor definición del "de chile, de dulce y de manteca", como diría la abuelita de usted.
Podemos encontrar cosas que me avergüenzan y a la vez me emocionan. Secretos terribles.
Por eso he decidido el siguiente ejercicio. Pondré mi Itunes en aleatorio y daré play. Compartiré una breve descripción de lo que sea que las cinco canciones aleatoriamente elegidas me despierten.
QUIOBO.
Y empezamos:

1. Can´t change me - Chris Cornell.
Tienes diez u once años. No te gusta la televisión. El único canal que ves es MTV. Videos musicales diversos, hora tras hora, minuto tras minuto. De pronto te llegan flashes. Entre ellos un hombre caminando en el pasto. Una mujer con una maleta y llamas. No logras recordar de dónde venían las llamas. ¿De la mujer, del hombre, de la maleta? Pero hay llamas en el video. Y a tus diez u once años comprendes que hay algo importante que sucede, un sentimiento intenso que ese video y esa canción te transmiten. Algo que encienden en tu interior, una premonición, un recuerdo futuro, una ventana a lo que sucederá. Pero no sabes qué ni por qué. She's going to change the world. Y una mujer bella y una maleta. Te gusta eso. Años más tarde, una mañana la memoria abre una puerta y se cuela ese recuerdo. Buscas la canción, la bajas y la escuchas. Y llegan ideas. Recuerdas.
Ahora, tentada por el recuerdo, buscas el video en Youtube. Los recuerdos se convierten poco a poco en herramientas futiles junto a youtube. ¿Te acuerdas de esa caricatura/ese video/ese comercial en que....? Solíamos preguntarnos. Y de pronto alguien lo recordaba. Y nos transportábamos años atrás. Ahora lo buscamos en Youtube. Así que tú buscas el video y recuerdas tus once años. El fuego salía de la maleta. Y de sobres,y de objetos que la mujer, con una expresión ausente pero llena de determinación, llevaba a distintos lugares. Y Chris Cornell cantaba. Y tú adivinabas algo, mientras observabas a la mujer del video, su poder destructivo, accidental pero del que no se avergonzaba. Una capacidad abrumadora de acabar con todo a su alrededor, sin quererlo pero sin luchar por evitarlo. Todo a su alrededor como un incendio. Algo te escocía. Algo te llamaba. No sabías que. Cómo ibas a saberlo. Tenías 11 años.

2. Contigo- Joaquín Sabina.
Es curioso como podemos interpretar todo lo que nos rodea de modos tan torcidos, siempre y cuando logremos que embone en nuestras vidas.
Siempre fui fan de Sabina, gran letrista. Y siempre me gustó buscarme en sus canciones. Cuando tenía catorce años, creí que me encontraba en ésta. Ahora la escucho y entiendo otra cosa. Escucho una canción que habla de los abismos de la vida en común, de los baches de la rutina, de la tibieza tras los años, de la costumbre. Del modo en que el amor debería ser siempre el antónimo de la muerte, y no el acompañante mediocre de la vida.
Pero uno escucha lo que quiere escuchar: Yo no quiero saber porqué lo hiciste, yo no quiero contigo ni sin ti; lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes, es que mueras por mí. Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres...
Y sí. Todos hemos estado enamorados de unos ojos tristes. El resto de la canción, ¿qué más da? El que se busca, se encuentra, aunque sea dentro de un castillo de arena.

3. ¿Cómo te va mi amor? - Pandora
La versión más cursi de una canción de por si inundada de melcocha. La voz dulzona comenzando a relatar la historia del reencuentro con el viejo amor. El sonido de los violines empalagando todo a su alrededor. La pregunta en silencio entre ellos dos: ¿Cómo te va mi amor? La canción favorita de mi tío, cuyo momento cumbre de diversión en las reuniones era poner esa canción a todo volumen y cantarla con fervor.
Siempre me hacía pensar. Tal vez a su puerta el amor nunca volvió. Y Pandora se lo canta, y él lo repite como un mantra, viviendo una y otra vez el reencuentro imaginario en su cabeza. Escuchando el eco las respuestas silenciosas de una mujer que quedó enterrada bajo toneladas de polvo de tiempo. Pensando que el olvido no existe, y que hay ciertas luces que no se apagan jamás en la memoria.
Canta con intensidad la canción más cursi que hayan escuchado la mayoría de los presentes en un buen rato. Le canta a algún viejo error, a una desviación en el camino que lo trajo a estar donde está ahora, escuchando esa canción. Que lo arrastro a través de otras situaciones que terminaron por convertirlo en el hombre que ha de conmoverse con Pandora.
Qué sorpresas da la vida...


4. Love will come through -Travis.
Esta canción fue sin duda una recomendación. No sé quién me la dio, ni en qué momento, pero sé que me estremece. Que escribí la frase del coro en muchas hojas finales de cuadernos preparatorianos, que repetí en mi mente So take me, don't leave me una y otra y otra vez. Que hay detrás de los matices de la voz un mensaje bien enviado. Love will come through, it's just waiting for you. Un mensaje que llevé siempre como esperanza. Sabía que algún día. Y sí.
Después la canción regresó, tomó otro significado. Algún día me encontré perdida en la maraña de la pasión tormentosa. Sin poder irme ni quedarme. Y entonces un amigo se me acercó y me dijo: "Tranquila. Love will come through" Y me senté a esperar a que eso pasara. A que el amor resurgiera y la tormenta amainara. Travis cantando en el backstage de mi cabeza, como un himno, como una invitación a la paciencia, a permancer, a esperar, a luchar. If the world isn't turning, your heart won't return anyone, anything, anyhow... Y el mundo dió vueltas, el corazón fue, vino y se volvió a ir.
But love has came through.

5. Talento de TV - Willy Colon y Rubén Blades.
Los metales marcan un son delicioso. Basta escuchar los primeros segundos de la canción y ya la cadera se inquieta. Como si hubiera siempre, dondequiera, una orquesta de salsa tocando. Y bailarines con trajes de concurso marcando el ritmo, coordinados.
Cuando fui a Cuba, un hombre me dijo que allá todos eran maestros de salsa. Y es cierto. El modo en que destilan sensualidad es algo inexplicable. Podrían bailar y hacerte escuchar la canción sólo con el movimiento de sus hombros y los giros perfectos. No tiene talento pero echa pa' lante.
Nadie puede igualar el ritmo de los cubanos. Ni su sabor. Es algo que va más allá de nuestra comprensión, más allá de saber bailar, de dar los pasos correctos. Es pasión en movimiento. Es candor que hierve en la sangre, intensidad que sale por los poros. ¿Será que ella tiene una cosa preciosa?
Y la voz, las percusiones y los metales te despiertan todo aquello de golpe. Danzan en tus oídos con tacones altos. Ni siquiera logras escribirlo. Lo dijo Isadora Duncan: "SI SUPIERA COMO DECIRLO, NO VALDRIA LA PENA BAILARLO." Supongo que esa es la mejor descripción para la salsa.

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Bueno, ya está. He terminado. No salió tan variado como debería. Pero no quería hacer trampa.

She's going to change the world but she can't change me: No tiene talento pero es muy buena moza. Porque el amor cuando no muere, mata y desde entonces como espuma, crece un miedo a quedar sola.
But baby, love will come through.

Es usted muy amable, querido lector, de haber recorrido estos recuerdos musicales. Le invito a hacer el ejercicio. No hace mal a nadie y nos dice muchas cosas que a veces olvidamos. Toda vida tiene un soundtrack.

domingo, diciembre 05, 2010

La fama

El largo camino lo tenía exhausto. Ya no sabía si existía el sendero o era él quien lo estaba inventando, con sus pasos aleatorios y desesperados.
Tal vez fue por eso que, cuando por fin encontró aquella enorme y fría mansión, tras haberse dedicado a su búsqueda intransigible, resolvió que dejaría todo y entraría en ella.
Era definitivo.
Se despediría de sus amores, de su familia, de su pasado. En su vida ya no había lugar para amigos ni enemigos. No cabía en él ni un recuerdo, ni una frase. No tenía nombre ni país. Se olvidaría del lugar donde venía. Él no existía ya más que para vivir en aquella casa.
Resuelto, respiró. Había andado mucho para llegar a donde estaba ahora. Puso un pie dentro y cerró la puerta.
Dejó todo atrás con ese portazo, borró toda estela. Renació en ese momento, única y específicamente para vivir en esa monstruosa casa inhóspita que es la fama. Para caminar a sus anchas en sus salones, para escribirse una y otra vez en sus muros, para recorrer glorioso sus pasillos.
Se tatuó en cada estancia, se bordó interminablemente en los retratos, se fotografió desnudo en sus recámaras, se devoró lentamente en aquellos comedores.
Jamás salió de allí. Murió solo, vacío de tanta falsa gloria, mirándose en el cruel espejo de la mentira.

sábado, diciembre 04, 2010

Obsesión

"La obsesión es corrosiva. Intenta no guardarla en botellas que parezcan bebibles. Un trago y disolverás tus entrañas."

Yo ya me bebí toda la obsesión que hay en el mundo.
Ni siquiera sé cómo me cabe tanta dentro. Sólo sé que me la bebí, que ya quedó dentro, que ha viajado a mi sangre, que no la puedo eliminar. Y que me corroe, y que no puedo detenerla. Ni escapar de ella.
La obsesión se ha convertido en lo que soy.

jueves, noviembre 18, 2010

Gandolineros

Existen esos días en que los dioses (que no existen) conjuran contra ti.
Desde que tu hermano aprendió a manejar en tu carro, no para de pedírtelo para satisfacer su frenesí de choferear. Ya se le pasará, pero mientras tanto recibes tu auto como una lata vieja, vacía de gasolina. Y desde que tu novio vive al otro lado de la ciudad hay que subirse a la lata y esperar que ruede hasta allá. Y rueda. Después sales apurada porque tienes clase de francés y no puedes faltar, pero los arrumacos ya te retrasaron. Te subes al coche y te saluda amable la lucecita en forma de dispensador de gasolina. No, no significa que ganaste unos litros en la gas más cercana (imaginar el foquito parpadeando y un sonido de fondo: ¡tin tin tin tin tin!). Significa que hay que ir a ponerle, lo cual va a retrasar aun más tu travesía. Entonces decides ir a la más cercana de la lateral en Periférico, para no desviarte del camino. Te subes al auto y mientras miras nerviosa la lucecita amarilla en tu tablero, manejas. Con la mente lejos, o coloquialmente hablando, "en la pendeja". Quieres salir a la lateral cuando es debido pero te distres y no te abres lo suficiente. A punto de estrellarte con el camellón de periférico, volanteas y estás a un metro de estrellarte con un taxi. Tras el susto, intentas seguir manejando pero el taxi pone sus intermitentes y se amarra frente a ti. Perfecto. Ya puedes ver los titulares del metro "Joven estudiante de medicina asesinada por taxista psicópata". Pero el psicópata no se baja. Sólo sigue delante de ti. Con sus intermitentes. Gente loca. De otro volantazo te cambias de carril y sigues avanzando. Aceleras y lo pierdes. Con la taquicardia apenas amainando, vuelves a salir a la lateral para esperar llegar a la próxima gasolinería. Avanzas, avanzas, mientras el foquito infernal te hace guiños. Hasta que llegas. Resoplas de alivio. Para evitar que te vuelva a caer la prisa en el futuro, decides llenar el tanque. Bajas la ventana y un hombrecillo amable te pregunta cuánto. Le dices que lo llene, por favor. Claro que sí, seño. (Tsss, seño, crisis etaria, ni modo). Y luego se acerca y te dice, listo, ¿me abre su cofre? Sí, como sea. Uy seño, le falta un litro de aceite, ire. Ah, sí, bueno, luego lo lleno, tengo prisa. ¿Segura, seño? Híjole, pero lo que sí va a urgirle va a ser su cambio de anticongelante, porque el que trae ya no le funciona. ¿Cómo? Piensas. Si le acabo de poner dos botellas hace menos de dos meses. Haces cara de extrañeza. El hombre insiste: De verdad, seño, si no se le desviela el carro y pa que quiere. Mejor le hacemos el cambio de una vez. Si quiere bájese pa que vea. Te bajas de mala gana. Miras el cofre. Ire, señito. Honestamente, no ves nada. El contenedor de plástico transparente que lleva el anticongelante está casi lleno de un líquido amarillo. Huela, señito. Está descompuesto. De suerte no se le desvieló ya. La verdad, no hueles nada. Debes haber hecho una cara como de que nunca habían abierto el cofre frente a tus ojos, y que todo este tiempo pensaste que dentro de él había duendecitos parecidos a los del cereal Lucky Charms haciendo funcionar el motor, porque otros tres gandules en uniforme de PEMEX se acercaron inmediatamente. Qué pasó, mi Mau, ¿una manita? Uy... este anticongelante ya no sirve. Sí, es lo que le digo a la seño, hombre. El gandul número dos acerca su mano al depósito de anticongelante, gira la tapa negra, la retira, y el anticongelante brota a chorros. ¿Ve, señito? Le digo. Mire como sale. Desesperada porque vas a llegar muy tarde al francés, dices ¿qué chingaos? Póngale anticongelante, pues. ¿Cuánto puede costar? 50 pesos la botella. Equis. Vertiginosamente, los gandules gasolineros (gandolineros) comienzan su labor. Sacan una manguerita negra que al parecer tiene aire, aspiran, sacan un par de botellas de anticongelante... de pronto se detienen. Oiga, ¿cuándo le hicieron el servicio a su carro? Porque está rete-llenísimo de sarro, ire (te enseña un dedo con algo negruzco), con razón se le descompuso el anticongelante. Pero no se preocupe, para eso está esto. Mientras habla, saca dos botellas de plástico, de un líquido azul y las echa donde va tu anticongelante sin siquiera preguntarte tu opinión. Después, todo va muy rápido. Ves fluir una tras otra botella de anticongelante frente a tus ojos. Ves que abre un par de latas de metal mientras dice, desde el cofre: Diunavez el aceite, seño, pa que quede como de agencia. Y vacía las latas. Te quedas muda, sólo aciertas a detenerlos cuando van a proveerte también de limpiaparabrisas. Pero al parecer, ya es tarde. El primer gandolinero te acerca un cuaderno, mientras el otro rocía el interior de tu cofre con la manguerita de aire y un líquido amarillo. Listo, señorita. Son 950 pesos. (Inserte aquí sonido de disco rayado, scraaaatch) ¿Quéeee? ¿Mil varos? Sí, seño. Cinco botellas de anticongelante cuestan 250 pesos, el quitasarro 100 porque fueron dos botes, más el aceite que le pusimos de una vez otros 100 pesos, y del líquido con el que está "lubricando" su cofre son otros 80. Más 420 de gasolina, seño. 950. ¿Forma de pago? Irritada por la prisa y el contratiempo, le sueltas la tarjeta de débito, que te va a regresar casi vacía. Más allá de que te hayan cobrado esa cantidad de dinero, te sientes estúpida de haber sido engañada por tres simios. Tienes ganas de llorar del coraje. Firmas apurada y por alguna estúpida razón les das diez pesos de propina a dos de los simios. Por haberte estafado. Por haber sido más listos que tú. Regresas al periférico y sigues manejando furiosa. Son las 8.59. Tu clase empezaba a las 8.30.
Existen días en que los dioses conjuran contra ti.

lunes, noviembre 08, 2010

Las casas de tu cosa... o eso...

Así que insististe. Para que fuera, a pesar de que yo te había reiterado que me incomodaba. Insististe, aún así. Como sea. Tal vez querías cerrar un ciclo. Tal vez querías (como siempre) tenerla cerca. Me da lo mismo.
Qué bueno que haya ido a visitar a los fantasmas. Que se le haya revuelto el estómago: sus fantasmas son ahora mi realidad.
Quesque las vigas de madera del garage. Las vió tanto tiempo por cobarde. Por miedo a entrar. Por quedarse en la comodidad. Y que las mira, y que se le ocurre escribirlas. Bah. Y luego la puerta. Qué bueno que recuerde que te hicieron ese letrero de feliz cumpleaños siendo un bebé. Ahora soy yo quien lo verá año tras año.
Y luego atravesó el umbral. ¿Sabes qué había en el umbral? Estaba yo. Envuelta en un vestido negro y ceñido. Conviviendo con tus amigos de letras, como ella no lo hizo jamás. Adaptándome perfectamente a tu mundo, ahora también el mío, y nunca el suyo.
La luz tenue incrementa en cuanto yo estoy adentro de tu casa, mi vida, yo soy tu luz. Error pensar que la luz sólo aumenta en las mañanas, eso lo creía ella por ser mediocre oscuridad. Los muebles y las alfombras me miran desde sus rincones y se alegran, la belleza le gusta hasta a las cosas inanimadas. Los relojes en la pared marcan el tiempo, dividiéndolo en el que paso a tu lado y el que transcurre mientras me extrañas. Y no les cabe ni un segundo más. Por supuesto que el tiempo para ella hace tiempo que fue expulsado de cada uno de esos relojes que tanto dibuja en su memoria. Relojes fantasmas.
Después describe lo demás. El piano que nadie toca, ajá. Y un pez que dice que le da lástima, y le regala unas palabras cursis, llenas de pena. Así la vi yo esa noche. Un pobre pececito. Tratando de aparentar que nadaba a sus anchas, cuando era claro que estas aguas ya no eran las suyas y ni sus branquias le ayudarían a respirar. Tuvo que arrojarse fuera de tu casa, esa pecera fantasma, como un pez suicida. Y se largó sin despedirse. Ja. Hablando de lástima.
Luego el mueble donde estaba la tarántula que no conocí y ella sí. Su igual, la tarántula. Desagradable y venenosa, aunque las hayas querido mucho a ambas. El taller de tu padre, de donde te hice quitar sus fotos, el taller ahora vacío de ella. Para mirar hacia allá tuvo que ver tu pizarrón. Le sonreí desde los trazos, Cortázar sonriendo conmigo. Tu padre sentándose a enseñarle a usar el esmeril. Tantos recuerdos de una familia que ya nunca será la suya, de un tiempo que jamás volverá. Tantos fantasmas que, al acompañarla, la atormentan, y me encargo yo que jamás le sean amables.
La alacena, dice. La próxima vez que te vea te voy a meter ahí y te voy a coger como si no hubiera mañana. Para profanar todos sus recuerdos y sus lugares, que jamás le han pertenecido pero ahora me pertenecen a mí. Para desterrarla.
Los gatos. Lloró cuando se fue el gato, dice, porque le intrigaba su temperamento. Metáfora del tuyo. Pero ella te dejó ir, y ahora no hay modo de hacerte regresar. Eres mío. Dice que llegó una autista y luego una loca. La loca fui yo, y, en efecto, así no la extrañarías. Soy una mejor loca. Soy tu loca. Las gatas fantasmas le arañan el alma, porque saben que estoy en su lugar. Ja y recontra-já. El agua que cae en la fuente borra todo aquello que vivieron juntos. Lava tu casa, la deja limpia de ella y su veneno. El mouse de tu computadora disfruta de mi tacto, como toda tu piel. Goza cuando lo acaricio. Las escaleras que yo he de subir hasta que la casa deje de ser tuya. Las escaleras que ella no volverá a subir jamás. El baúl donde ponían los pies al poner las películas me mira ahora cuando deslizo mis manos bajo tus pantalones y te toco frente a la televisión. Tantos peces en tu casa y ella el único que no sabe nadar ahí, ya. Pobrecilla. Tan fuera de lugar, tan nimia frente a mí.
Los azulejos del baño que me miran desnuda, bañándome contigo, llenándome de ti, el póster detrás de la puerta que ha visto tantas mujeres pero se acuerda sólo de mí.

Tantas cosas que le gustan y que no la acogerán nunca más. El cuarto que estás desmontando, al igual que desmonto yo todo lo que ella fue para ti.
El cuarto de tu madre, donde me desnudaste por primera vez, donde te quedaste mirándome largamente, donde no podías creer tenerme por fin entre tus brazos. Donde me dijiste que sabía a fresas.
Y luego ella iba hacia abajo. La ví cuando subía, supe que subía para ver una a una “las cosas de tu casa” Y deseé que entrara a tu cuarto y lo viera lleno de mí. También la vi al bajar. Ahora resulta que se detuvo frente a aquel cuadro tuyo. Que te regaló hace tres años, y es sólo para ti. Nadie debe leerlo, dice. Yo ya lo leí, como te he leído todo. Nimodo, si algo sé hacer es leer. Que bueno que se despide. Que baje las escaleras como el pez moribundo que es. Que cambie de aguas para siempre. Que no vuelva. Nada en ella es sólo para ti. Nada en ella fue sólo para ti nunca.
Se salió, pececillo asustado, pobre.
¿Las cosas de tu casa? Ya son todas mías.

**Los personajes y lugares que aparecen en este post son completamente ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. JE.

jueves, octubre 21, 2010

Corcholata

El gargajo denso pasando a su boca desde su garganta reflejaba la oscuridad, guardada por tantos años en el abdomen. Giró la cabeza y escupió en la banqueta. Nada; la saliva era blanca y espesa. Brillaba. La oscuridad seguía enterrada muy dentro de él. Caminó un par de cuadras más, los puños cerrados, las manos ateridas.
¿Dónde estoy? Hay algo que se burla de mí, en algún sitio. Pensaba. Como siempre, pensaba. Y pensar no le servía de un carajo.
Abrió la mano derecha tras percatarse de que algo escurría. Claro, la corcholata.
Antes de cerrarse, su mano albergó una corcholata. Ahora se había encajado, dejando las marcas de sus dientes en la piel. Lo subjetivo era ahora objetivo. El sabía que esas marcas las llevaba ya, ardiéndole en algún lado. Ahora estaban en su piel. La corcholata.
¿Qué carajos? Sólo un fragmento de metal, el sello esfacelado por el tiempo. Una pieza ridícula, nada más. Guardada por tantos años, ¿para qué? Difícil comprender que la mano sangrara ahora por aquel pedazo de basura engrandecido por el recuerdo.
Alguna vez escuchó el chiste del hombre que llevaba los bolsillos cargados de piedras. Él los tenía llenos de promesas, concentradas en esa maldita tapa circular, tan igual a cualquier otra, tan inservible como todas, que seguramente era sólo un obstáculo que lo separaba de algún elíxir bebible. Qué absurdo. La apretó de nuevo, ahora con la mano contraria. Contrajo el puño como si quisiera convertirlo en piedra. Cuando empezó a descender por la muñeca el hilacho rojo y líquido de su sangre, se detuvo. Aflojó la mano, miró la corcholata y la arrojó lejos. La vio rodar hasta perderse en la repugnante inmensidad de alguna coladera. A la mierda. Se lamió la sangre de ambas manos y volvió a escupir, tras carraspear larga y roncamente. Miró el gargajo expulsado, refulgiendo desde la acera.
Brillaba. La oscuridad debía seguir dentro de él.

lunes, octubre 18, 2010

Historia de un (cl)amor en 5 recuerdos.

1. Te ví varias veces. Pero la primera vez que te miré caminabas hacia el cuarto donde vivías arrastrando una maleta de ruedas que llevaba colgando un traje en su respectivo envoltorio de plástico de tintorería. Unas horas antes nos habíamos cruzado en un pasillo entre el bullicio de la unidad de urgencias. Tras la sorpresa de casi chocar, nos dirigimos un “hola”, nos besamos en la mejilla y seguimos nuestro camino entre camas de pacientes críticos. Después terminó la guardia y salí por un café. Yo platicaba con alguien pero de pronto divisé tu silueta flaca y alargada. Volteaste de pronto. Ojos enormes. Se encontraron con los míos. Me gustó el modo en que caminabas sin dejar de mirarme, la cabeza y el cuerpo hacia direcciones opuestas, jalando tu maleta. Insinuabas algo con esa mirada, sin duda. Comenté de inmediato que me gustabas, y que hacía días que nos coqueteábamos. La respuesta de mi interlocutor fue de desagrado o indiferencia. No me importó. Ojos enormes.
2. Después de haber intercambiado teléfonos, la primera salida. Congeniamos, o eso me hiciste creer. En estos momentos ya no importa. Después de la primera salida, la segunda. La invitación a un concierto de Los músicos de José. A mí me causaba un poco de nerviosismo, el hospital entero estaría ahí. No sabía si quería que nos vieran juntos. Pero quería pasar la noche bajo el yugo de esa mirada intensa. Fuimos a casa de un amigo tuyo. Un poco de whiskey. Momentos musicales y plática. Sonó Aunque no sea conmigo, la versión de Café Tacuba y Celso Piña. Nunca la había escuchado. La letra me hizo escocer. Estoy contigo aunque estés lejos de mi vida, por tu felicidad a costa de la mía. Me retorcí bajo las gotas del recuerdo del amor recién perdido. Pero tu olor me regresó a la realidad. La herida seguía un poco abierta. Después sonó Mía, de Benny (qué cursilerías). Cantabas con intensidad. Te miré. Me pareció curioso el modo en que cantabas la letra. Me volviste a besar. Si probaste otros besos… no te dejo por eso, yo no tengo el derecho, ni pienso pedírtelo. Risas, whiskeys, más whiskeys. Creo que ya no vamos al concierto. Está bien. Tus amigos terminaron por irse a dormir. Había otro cuarto y estaba muy vacío. Corrimos a ocuparlo. Yo traía un vestido negro, del que me despojaste con un solo movimiento. Yo no había estado con nadie desde la ruptura con mi gran ex-amor, hacía un mes y medio. Pero no me importó. Me deslicé hacia el suelo, contigo. Tus ojos enormes eran lo único distinguible entre tanta oscuridad. Terminamos en el colchón. Múltiples halagos obnubilados por el placer y ahora perdidos en la memoria. Te levantaste y pateaste tu vaso, posado en el suelo. Vidrios cubriendo el suelo. Whiskey empapando nuestra ropa interior, que yacía junto al vaso. Llegué a mi casa oliendo a whiskey, con media sonrisa rebanando la ausencia que me había invadido desde hacía más de un mes.
3. Cuando bailamos por primera vez, yo ya sabía que había otra en tu vida. Ya me lo habías dicho. Con todo y lo absurdo que suena decir la palabra otra. Palabra que sólo me quedaba a mí. La otra era yo. Pero no me importaba. Estaba deshecha, y sólo a tu lado olvidaba mi dolor. Te habías vendido como un gran bailarín de salsa. Pero eso no dejaba nada en claro. Siempre te vendías como un gran todo. Gran lector, gran amante, gran bailarín. Una exageración, dos verdades. Lo descubrí ese día. Me esperabas en un bar bebiendo tu habitual whiskey. Llegué y te abalanzaste. Yo me mostraba fría. Al fin y al cabo, la otra debe ser siempre fría mientras no esté en la cama, si no quiere terminar desgarrándose las vestiduras y cantando No me queda más de Selena. ¿Quieres ir a bailar, chiquita? Como siempre, el tono de superioridad en tu voz. No me decías nalguita nada más por mostrarte “educado”. Pero lo decías, con tu tono. Vamos pues. Llegamos al lugar de salsa, con grupo en vivo. Bebimos entre los dos una botella de Jack Daniels. Nos levantamos a bailar. Pasaron diez minutos y ya estábamos al centro de la pista. La gente nos miraba. Yo giraba, giraba, giraba. Y sabía que había algo dentro de mí girando también. Y me daba vértigo. Pero jamás me acoplé ni me acoplaré al son de nadie como ese día. Tienes candela, mai. Lo sé.
4. Después de que huyeras dos semanas de vacaciones, nos reencontramos. Fuimos a beber vino. Como el gran snob que has sido siempre, bluffeaste sobre el vino toda la noche. Yo te miraba con desprecio para que no trasluciera el deseo. Me tomabas la mano y me susurrabas que me habías extrañado. Yo te decía que te callaras. Entre más copas de vino, más insistías. En el cariño, en lo difícil que era todo para ti. Yo no quería saber nada, repetía que estábamos bien así, que te entendía, que estabas con ella, no conmigo, que me dejaras en paz. Que no ibas a ser en mi vida lo que yo no podía ser en la tuya. Pero era tarde. Seguías hablando y diciéndome que el futuro era incierto. Como si no supiera eso ya. Llegamos a mi casa. Tu coche estaba afuera, frente a mi puerta. En vez de entrar a mi casa, entramos a tu coche. Lo demás es lo de menos. Tu voz que resonaba absurda bajo el alcohol, recitando Tu más profunda piel, de Cortázar.
Tus promesas de llamarme al día siguiente para ir a los toros y pasar el día juntos me parecían risibles. De todos modos, te llamé al despertar. Nada. Buzón de voz. Un mensaje tuyo a las nueve de la noche, como única señal de vida “Te llamo luego, ¿ok?”. Nah, mejor no me vuelvas a llamar nunca. Pero no respondí eso. Respondí sí claro, que descanses.
5. La última vez que nos encontramos habían pasado ya más de nueve meses desde el final. Más de 6 meses desde que volviste a buscarme, diciéndome que estabas solo, que habías terminado con tu tan amada mujer. Más de 5 meses desde que me dejaste esperándote como una adolescente estúpida, pensando que retomaríamos los encuentros furtivos, los hoteles, el whiskey y la salsa y desde que tuve que borrar tus números y correos y cualquier modo de comunicarme conmigo por miedo a ceder y buscarte. Hace más de un año ya de eso. Había ya barrido mi orgullo hecho cenizas y te encontré en el mismo pasillo donde habías arrastrado tu maleta mirándome un año antes. Yo cambiaría de hospital y no nos veríamos más. Con excesiva amabilidad me preguntaste cómo iba mi vida y resaltaste el gusto que te daba verme. Lo que necesitara, ahí estabas para ayudar. Sí, claro. Que habías visto que mi padre publicaba una nueva novela, que qué gusto, que a ver si te invitaba a la presentación. Sí, claro. Que tenías amigos en los nuevos hospitales a dónde me iba, que los buscara. Sí, sí, sí. Sí, claro. Yo sonreía y me mostraba especialmente fresca para ocultar el resentimiento. Además el tiempo había pasado. El recuerdo era sólo de una llamarada breve. Me seguían ardiendo otras heridas, más profundas, y había seguido con mi vida del modo que concebí más lógico. Pero mi orgullo es más intenso que yo, y seguía sintiendo el látigo del rechazo cada vez que tu mirada me atravesaba. Nos dimos un abrazo cordial y un par de sonrisas. Mucha suerte, sí. Antes de atravesar la puerta, mire atrás, mi cabeza y mi cuerpo hacia direcciones opuestas. Te miré a lo lejos y sentí la última punzada que habrías de provocarme. Y luego regresé a mirar al frente, levanté la cabeza y me fui, caminando altiva.
Y borré todo menos estos cinco recuerdos.

martes, octubre 05, 2010

Cómo parte tu partida...


Ayer soñé con Gaby, me desperté triste y corrí a buscar una foto suya en mi computadora:




Mirando la pantalla, me eché a llorar frente a sus enormes ojos negros, fijos ahora para siempre en la memoria y las fotografías.


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Este texto no tiene propósito. No tiene un fin literario. No tiene estilo, y tal vez su belleza radique sólo en lo que significa para mí. Pero de todos modos lo comparto:

-Para Claus.

Son ya diez meses de la muerte de mi amiga. Han sido meses de silencio. Aún me pregunto por qué no pude escribir, por qué no pude hablar. Durante semanas me quedé encerrada, llorando cada vez que leía en algún libro retratos de enfermedad, o veía casos terminales en mis series médicas, como una quinceañera ñoña viéndose reflejada en alguna telenovela absurda. Llorando en las fiestas cuando de pronto pensaba que mientras yo le daba un trago a mi cuba, Gaby faltaba en algún lado donde debía estar. Faltaba en su cama, en su cuarto, en su casa, en su familia, en la vida de muchas personas. Preguntándome si de verdad quería ser médico, si quería seguir enfrentándome a la muerte de muchas otras Gabrielas que no tendrían cabida en mi vida.
Desde que supe que tenía leucemia, entendí que Gaby no iba a estar viva mucho más tiempo. Tras unos años en la medicina algo te dice que una enfermedad tan dura diagnosticada a los 21 años probablemente no te permita llegar a los 40. Pero nunca pensé que fuera a estarlo tan poco. Antes del transplante ella me había dicho que tenía miedo, pero esperanza. Que le habían dicho que al transplantarla podía curarse del todo, que eran mayores las probabilidades de éxito que los riesgos. En medicina nos manejamos por estadísticas, nos basamos en evidencias, en porcentajes de casos resueltos contra porcentaje de muertes, etcétera. Cuando una de tus mejores amigas tiene leucemia, valen un carajo. Las probabilidades a Gaby no le sirvieron de nada. Le sirvió, en cambio, su carácter. Gabriela tenía planes. No pensaba regresar a la Facultad de Medicina en Iztacala a la que le costó dos años entrar, ella había visto suficiente de hospitales como para dedicar su vida a ellos. Quería conseguirse un trabajo tranquilo y ahorrar para viajar lo más posible. Hacer algo valioso con el tiempo que tuviera por delante. Vivir sin arrepentirse. Bromeaba: “después de esto, me cae que me hago huila”. Gaby siempre bromeaba. Siempre sonreía y se burlaba del mundo a su modo malhablado, te daba consejos irónicos y te echaba en cara tus pendejadas, pero estaba siempre allí para ayudarte a través de ellas. Era una persona echada para adelante. Tengo sus fotos en mi pared para recordar a diario su cara, aunque me acuerdo más que nada de sus dulcísimas palabras “Órale, perrita, consíguete un huey que sí te quiera. Eres re-zorra”. De su risa explosiva y sus tonterías. Del modo en que te apoyaba sin ese toque lastimero con que te acompaña mucha gente. Así traté de apoyarla yo cuando estuvo enferma. Le hablaba para contarle chismes, le platicaba de las fiestas y el estrés de la escuela, nos reíamos al pensar en viejos tiempos, ironizábamos con aquellos que no sabían como acercarse y le hacían comentarios raros o actuaban de modos extravagantes. La escuché cuanto pude, teniendo en cuenta cómo era nuestra amistad antes de saber que estaba enferma; nos veíamos de vez en cuando y pasábamos temporadas de no saber nada de la otra. De pronto nos encontrábamos y tomábamos café y platicábamos como si nada, y entendíamos que seguíamos siendo tan amigas como siempre. Así, con la naturalidad de siempre, la acompañé en su lucha.
Eventualmente, su lucha se truncó.
Lo supe por teléfono. Tuve que regresar de un viaje en Acapulco para venir a afrontar la despedida. Regresé envuelta en una nube de irrealidad, que me duró hasta que entré a la funeraria y leí, escrito en el pizarrón, Srita. Gabriela Flores Melo.
Así, su nombre sin más, su nombre como antes estuvo escrito en la lista de la prepa, en las prácticas que hacíamos juntas en Área 2, en los trabajos que entregamos, en el anuario, como estuvo después en expedientes, innumerables estudios de laboratorio y gabinete y pizarrones de hospital. GABRIELA FLORES MELO. Me estallaron los ojos y perdí la cabeza.
Cuando entré a la sala que correspondía no estaba ya su mejor amiga de la prepa, a quien tenía muchas ganas de ver. Había ido a descansar. Ví sólo dos caras conocidas, y tras saludar a su mamá me senté a esperar las cenizas. Pasaron 3 horas en las que no dije ni una palabra y no puedo recordar ni una sola cosa que haya cruzado mi mente. Finalmente entraron los de la funeraria. Tenían una urna rosa en las manos. No a Gaby. Una urna rosa. No era Gaby. Era una urna. Gaby ya no era Gaby. Sentí una punzada atraversarme.

...Al final, nada de eso importa. Gaby sigue faltando, pero el hecho de que falte sólo nos dice hasta qué punto formaba parte de todo. Hasta qué punto se ha ido quedando en pequeñas cosas. Cuánto pueden despertar en mí unos ojos grandes y una tez morena, cómo puede revolverse mi estómago cuando detecto en alguien un gesto que le perteneció en otros tiempos.
Gaby falta porque estuvo, pero Gaby está aunque se haya ido. Pinche zorrita. Le daría náusea tanta cursilería. Y no me importa. La recuerdo y la llevo siempre conmigo. Cargo el hueco que me dejó, pero al mismo tiempo estoy llena de ella.
Gaby se fue pero se queda.

martes, septiembre 28, 2010

Analfabeta

Creo que ya no sé escribir.
Las teclas de la computadora devoran las yemas de mis dedos y luego las vomitan y se cagan de risa. Jo-jo. Pendeja.
¿Escribir a mano? Ni soñando. La maldita pluma escupe todo menos una frase decente. Garabatos horribles, nunca he sabido dibujar y no me importa mucho que digamos, pero creo que alguna vez supe escribir. Ya no. La tinta negra me recuerda, en primer lugar, que tengo una letra horrible. En segundo, que reitero. Que escribo siempre del mismo recuerdo, con el mismo estilo cursi y tibio, que no alcanza a ser alegre y ligero pero es demasiado novato para declararse profundo o denso.
Colecciono cuadernos y artículos de papelería que no hacen más que susurrar, cuando paso a su lado, que soy una inútil. Que el papel sigue en blanco y los cartuchos de las plumas se desbordan de novedad. Escucho sus balbuceos y sus risitas ahogadas. Volteo a mirarlos, fúrica. Los cuardenos guardan silencio, no son tan tontos. Pero ya es tarde. Los arrebato de sus inmóviles repisas, los abro de golpe, me apodero de cualquier artefacto con el que pueda rayarlos y arremeto contra ellos. Saturo dos o tres de sus páginas y luego las miro, asqueada. ¿Qué es eso? Creo que ni letras hay. No hay coherencia. Si las examina un neurólogo, a que me diagnostica afasia. Me arde el orgullo y arranco hoja por hoja. ¿Querían jugar los cabrones cuadernos? A ver si tanta gracia les causa estar mutilados. Los miro fijamente y me los como de un bocado. ¿Y la pluma, o él lápiz? Bah, siempre puedo utilizarlos para garabatear apuntes horribles de medicina, que al final ni voy a leer. A ver si siguen quejándose de que los ignoro. Ahí les va su estrenón.
La computadora es siempre una aliada. No importa si no sabes escribir. En los medios electrónicos de comunicación da igual si escribes en islandés, cirílico, español o si ladras. Con que pongas caritas felices o tristes la gente parece entenderte. Y si quieres escribir para tí, porque crees que eso sabías hacer, puedes hacerlo. No te va a gustar de todos modos, pero basta con darle un clic al mouse, arrastrarlo de un lado a otro de la página y recurrir a tu goma electrónica, el supremo botón SUPRIMIR. Si algo de supremo hubiera habido en el documento ahora en blanco, no habríamos tenido que suprimirlo. Pero tuvimos que, era necesario. Sin tanto dramatismo, regresamos al vacío, a la historia por escribirse que esperará eternamente mientras el cursor parpadea en la pantalla.
No pasa nada, gente, de veras. Es sólo que no sé escribir. Presionar teclas es fácil, también mover la punta de la pluma que apoyaste en el papel. Pero escribe, escribe, ¿a ver? Con tu vocabulario escaso que desde que estudias medicina se te escapa poco a poco de la cabeza a través de cada poro de tu frente, deslizándose entre ríos de sudor, no creo que sea posible. Con tu poca capacidad de frustración y esa maldita goma electrónica mirándote cínica desde el teclado, seduciéndote para que la acaricies, más bien creo que es un objetivo inalcanzable.
Ni modo. Puedo encontrar alguna otra manera de expresarme. Igual y hago ollitas de barro, o pulseras con hilos psicodélicos y se las vendo a los hipsters de mi colonia mientras fumo un poco de marihuana. También puedo cantar, o bailar reggaeton en el metro. Eso sí que se me da, y quién quita hasta gano unos centavos. Ahorro y me compro unos Melox para ayudarme a digerir todos los cuadernos que me comí en mi desesperación. Puedo maquillarme de formas exóticas y vestirme con trapos teñidos por mí, en mi azotea. O aprender a tocar la gaita y destruirle los tímpanos a los comensales de los cafés cercanos a mi casa. Como sea. Todo sea por no escribir.
Qué le voy a hacer. Al parecer, soy analfabeta.

domingo, septiembre 12, 2010

Hate me, baby // Hate me, biatch

El odio siempre me ha hecho sentir viva.
No el mío, que por supuesto me llena también de energía, de ganas de destruir, de aplastar, de hacer tantas cosas hermosas y horribles. Me refiero al odio de los demás hacia mí. Me sabe bien. Es dulce, casi un chocolate; me genera una explosión de endorfinas. La punta de mi lengua se contrae de placer, el impulso sube a mi cerebro, me avisa. Preciosa, eres importante. Better hatefully remembered than forgotten. Y me lleno de ímpetu. Mi amargura se detiene por un instante. Logré amargar a alguien más. Es como patentar una idea.
No puedo evitar el gusto de hacer daño, de lograr que las vísceras de algún abdomen ajeno se retuerzan ante la idea de mí, tras mi mención, al divisarme a lo lejos o luego de sentirme cerca.. El entreceño fruncido, los ojos en blanco, las frases desdeñosas, "ah, ella, pero qué se cree, si es como cualquier otra". Por supuesto que lo soy. Pero yo te sé hacer rechinar los dientes.
Además: todos sabemos que el odio viene siempre del amor. Sigue al amor, o quiso un día ser amor, o insulta tu amor propio, o te roba un amor ajeno, o lastima cualquier cosa por la que sientas amor. Así que sigue siendo dulce. A tí te regresa el jugo biliar a la garganta. Pero en ese momento, sólo me queda clara una cosa: ¿Yo? Yo soy puro amor.

lunes, agosto 30, 2010

¡No soy una señora! -Post del cumpleaños

No es que me sienta anciana. Tampoco aplico la de "I'm not a girl, not yet a woman", porque puesss... ya llovió.
Dicen que los francoparlantes ya no llaman a nadie "mademoiselle"; eres "madame" sin importar la edad, pero antes de saber eso a mí ya no me pareció raro que los quebecoises me llamaran "madame" (a lo mejor porque de señorita tengo lo que Arjona de poeta urbano, pero bueee...). Sepan que tampoco me hago la muy macha; hace un año que el jardinero de casa de mi tía me dijo "buenas tardes, señora", sentí que me daba el telele y de vez en vez me pone un poco triste eso de que siempre me calculen más edad de la que tengo. Qué le vamos a hacer, la medicina envejece. Y la amargura. Si yo fuera una happy-shiny-person, tal vez me vería de diecisiete. Pero no lo soy, y el hecho de aparentar más edad en el fondo me hace sentirme joven. Cuando me dicen que me veo de 25 o 26 pienso, ¡ja! le llevo 3 o 4 años de ventaja a mi apariencia. Tomen eso.
Pero de igual modo, el día de hoy, desde hace 43 minutos según mi reloj, cumplo 22 años.
Por tanto, decidí hacer un recuento de mis últimos 10 cumpleaños. Ayudada por mi pasado ñoño en que llevaba diarios, veré que puedo hacer.
(Posdata después de escribir el post; me quedó larguísimo el recuento, nadie lo querrá leer, pero bahh, es mi cumpleaños, haré lo que yo quiera)

1o de septiembre del 2000; cumpleaños de 12 años. Mi apariencia era algo cómica. Tenía el pelo corto hasta la altura de la boca, usaba siempre diademas que me daban un aspecto ñoño (que seguía quedándome corto para lo ñoña que era). Un mes antes de mi cumpleaños, me caí de un patín del diablo (la teta) y me rompí el brazo. Me pareció buena idea decir que sí cuando me preguntaron si quería, en vez de yeso, que me inmovilizaran el brazo con fibra de vidrio de ositos con globos. Así que la cereza en el pastel para mi cabello corto, mis pantalones de niño y mis diademas fue el yeso de ositos.
Para mi cumpleaños, mis amigas Miranda y Marina (Miris y Maris, como les decía entonces, por desgracia, jaja) decidieron hacerme una fiesta sorpresa, de la cual yo sospechaba. Todo quedó algo claro cuando Miranda hizo una llamada frente a mí diciendo "mamá, saliendo de aquí vamos a la casa... vamos a hacerle una fiesta sorpresa a.... ¡Ah!" (mueca desesperada, luego silencio). Me hicieron un pastel y salimos a jugar a la privada. No recuerdo más. Seguía siendo una niña anticuada, cuyos mejores amigos eran sus libros y sus dieces.
Canción para el cumpleaños de los 12: GIVE A LITTLE LOVE, m2m

Septiembre del 2001; cumpleaños de 13 años. Aquí fue la transición del mundo de las muñecas al mundo de los muñecotes (ja, ja, ja, mal chiste). Enamorada de un amigo de mis primos cuatro años más grande que yo, fui al cine a ver Moulin Rouge con mis amigas y sus amigos. Babée con la película pensando en que ya sabía lo que era el amor ("the greatest thing you'll ever learn is just to love and be loved in return", seguro escribí esa frase en mis cuadernos sin cesar después de ese día de cine). Hice mi primera fiesta "adolescente" dos días después, en la que sucedió mi primer beso (awwwwwwwwww). Aún conservo una foto del momento "romántico" en que mi primer novio me daba la mano en la mitad de la fiesta. Háganme el chingado favor. Cinco meses después terminamos y conocí mi intensidad amorosa, chillando mientra sonaba de fondo el soundtrack de Moulin Rouge. Por alguna razón mis relaciones tienden a comenzar en septiembre. Por ese entonces, creí darle un significado a la canción "El 7 de septiembre", de Mecano. Bah, qué iba yo a saber. Cumplía 13 años, al fin y al cabo.
Canción del cumpleaños de los 13: Come what may, Moulin Rouge.

Septiembre del 2002: A mis recién cumplidos 14 años, yo empezaba a amargarme un poco. Volví a hacer una fiesta en mi casa, que al parecer transcurrió sin mayores noticias. No vinieron a los que esperaba y en cambio llegaron muchos otros. Empecé a volverme un ser sociable y beodo. Me esperaba un año lleno de borracheras y malacopas; ah, mis catorce. Gracias a la segunda decepción amorosa, un crush no correspondido, descubrí a la bestia que traía dentro. Y yo que creía que mis cuadernos iban a ser mis únicos amigos. Es que no conocía el Antillano, ni el Tonayán.
Canción del cumpleaños de los 14: Aserejé de Las Ketchup. (¡Qué quieren! Eso sonaba, chingadooooo....)

Septiembre del 2003: Ah, mis quince años. El alcohol ya corría por mis venas. No recuerdo bien si hice fiesta. En mi diario sólo encuentro textos de días cercanos al cumpleaños donde intensaba sobre otro güey que, para variar, no me pelaba. Recuerdo que por ser mis quince años, mi tía me llevó de viaje a Nueva York. En ese entonces no me enamoré de la ciudad como lo hice cuando volví años después, pero vaya que disfruté el viaje. Ya ni me acuerdo bien qué me trajeron los 15 años. Obsesión con la danza, fiestas a morir, conocimiento de los excesos y la cruda moral, vacío existencial adolescente. Qué se puede decir. Ah, los quince años.
Canción del cumpleaños de los 15: Playground love, de Air.

Septiembre del 2004: Mis dulces dieciséis no tuvieron nada de dulces. Me fui con un par de amigas a aplicar la "Acapulco Dreamers", pero mis padres preocupados decidieron ir también en esas fechas y reservar en el hotel de al lado, convirtiéndose en el ojo vigilante. Dado que no nos dejaron salir "al antro", tuvimos que aplicar la borrachera de buró hotelero con jugo Ades y Bacardi los primeros días, y terminarnos una botella de Absolut Vainilla entre dos niñas el último día (la tercera se rajó). Me metí la borrachera de mi vida, que quedó además filmada por una cámara de video que tuvo a bien dejar prendida mi amiga apretada antes de dormirme. Después de que dos guardias del hotel nos salvaron de la muerte del borracho por haber decidido ir a meternos ahogadas al mar, (entre otras taaaaaantas imprudencias de peda), una enorme laguna mental. Al día siguiente, casi siete horas de regreso a la ciudad porque terminaba el puente del 15. La peor cruda de la vida. Dejé de beber seis meses después de eso. Debo decir que me asusté. Durante mis dieciséis años, tuve la peor crisis de mi vida. Me pelée con todos mis amigos de la preparatoria, incluyendo a mi mejor amiga desde los 12, me cayeron los problemas alimenticios y la crisis de autoestima, la muerte entró en mi familia, llevándose a un miembro muy querido. Pinches amargos dieciséis. Bah, todos fuimos adolescentes. Lo único bueno de la adolescencia es que se termina un día.
Canción del cumpleaños de 16: Explode, de Nelly Furtado ("We never thought that we'd get caught up, stuck in the teenage waste").

Septiembre de 2005: Por alguna razón, ahora que hago el recuento en este post, la mayoría de mis cumpleaños están asociados a borracheras (tal vez así debería ser). Pero el cumpleaños de 17 se lleva las palmas.
Recuerdo que mis padres me regalaron una cámara digital, la primera que tuve, y durante días no hice más que tomarme autofotos. En ese entonces, salía con un muchachón (ja, ja, gran palabra) que cumplía años dos días después que yo. Bueno, más bien ya no salía. Acababa de "cortarme". Si hay algo más fuerte que mi intensidad amorosa, es mi orgullo. Total que después de una ida cumpleañera al Hookah donde todos, después de darme mi cumpleañero abrazo se fueron yendo paulatinamente dejándome sola con mis primos y una cuenta estratosférica que apenas pude pagar, decidí ir a la fiesta de cumpleaños de mi exnovio a hacer el ridículo de mi vida. Esa noche aún se recuerda. No voy a comentarla aquí, pero fue ella la que ameritó la primera entrada de mi antiguo blog. Supuestamente dejé de beber otros seis meses. Los diecisiete, después de esa noche cumpleañera de tocar fondo, repuntaron bastante. Mejoró mi autoestima, hice un par de planes a futuro. Entré a la Universidad. Viajé a Europa. Sin duda fue un buen año. Pero la manera de comenzarlo no tuvo nombre. Un cagadero épico.
Canción del cumpleaños de 17: "La tortura" de Shakira

Septiembre de 2006: Recordaré siempre este cumpleaños por haber sido el inicio de una de las épocas más felices de mi vida. Estaba ya instalada en la facultad de medicina, conociendo el mundo fuera de mi burbuja-Luis-Vives. Semanas antes, lo conocí a ÉL. O más bien, lo reconocí en la facultad, ya antes nos había presentado un amigo en común. El día de mi cumpleaños fui a comer comida argentina al 10, después a precopear a casa mi buena amiga Marsi (alias "el ñaño") y finalmente, a bailar al Pata Negra. ÉL y yo estuvimos juntos toda la noche. Uno de mis amigos, con quien había salido meses antes, murió de ardor al ver que tenía novio nuevo (él me llevaba un ramo de flores con intenciones de "declararme su amor") y se entregó a la malacopa y al besuqueo con mi mejor amiga afuera del baño. Pero como sea. A partir de ese día, ÉL y yo no nos separamos. En la cursileria de las semanas siguientes, decidimos instaurar mi cumpleaños como día de inicio de nuestra relación. Sonaba hermoso en ese entonces, pero ahora los cumpleaños irán ligados por siempre a ese recuerdo. Supongo que así son las cosas, nimodo. Los 18 fueron el mejor año de mi vida, sin duda. La carrera, el novio, los nuevos amigos. El fin de la eterna crisis existencial. Adiós, adolescencia.
Canción del cumpleaños de los 18: La vie en rose, de Edith Piaff. (No mamar, ya sé. Y me vale madres.)

Septiembre de 2007: Comenzando el segundo año de la carrera, llegaron mis 19. Fue un cumpleaños tranquilo y un buen aniversario de 1 año con mi novio. El viernes comí con los amigos de la prepa y la Universidad en un restaurante de comida japonesa, yendo después a precopear a los mezcales y terminando en un bar terrible, al que apodamos "el agujero del infierno" con 5 personas, entre ellas un anexado de sangre y cuerpo pesados, que me invitaba a unos talleres horribles de superación personal, y me echaba choros baratos pseudofilosófico. Al día siguiente, mi novio y mis amigos me tenían preparada "una fiesta sorpresa" que más bien fue un precopeo y una ida al Mama RUmba. Odié el Mama Rumba; había tanta gente que respirar era una tarea imposible. Bailar, ni pensarlo. Además de todo, peleé con mi novio por alguna idiotez y me amargué porque 80% de los asistentes no sabían ni que era mi cumpleaños. De cualquier modo, fue un buen cumpleaños, tranquilo. Menos mal; me esperaba un año algo tortuoso. Enfermedad en la familia, crisis amorosas y mucho estrés escolar. Aún así, los 19 fueron también muy buenos; encontré a mis mejores amigos de la carrera. Hicimos, en ese entonces, un círculo infalible. La pasábamos muy a gusto, íbamos a todos lados juntos. Ese año de carrera fue el que más he disfrutado. Las cosas con el novio iban a veces bien, a veces MUY mal, pero tuvimos momentos que no dejaría jamás de lado. AH, fueron buenos, los 19. Qué me hago.
Canción del cumpleaños de los 19: Eres para mí, de Julieta Venegas

Septiembre del 2008, o la tormenta: Terminando un muy buen año, lleno de buenas fiestas y buenas amistades, preparé desde semanas antes una gran fiesta: Mi fiesta de 20 años y el aniversario de 2 con mi novio. Saliendo de épocas terribles y tormentosas, la relación parecía llegar a un buen momento. La fiesta tuvo tanta difusión que días antes ya temía. Empezó a las 5 de la tarde. La gente no paró de llegar. Compramos un par de embudos con manguerita en la tlapalería y Yanya preparó su mítico "atole etílico". Ese día descubrí que el "ingrediente secreto" de esa bebida era el Aguardiente León. Me tiemblan las manos de recordarlo. Le entré sin miedo al atole, aún así. En medio de la borrachera, mi novio empezó una de las peleas tormentosas que pensé habían quedado atrás. Se nos pasó la mano. Después de dos horas de drama público, regresé a mi casa, empapada en llanto y me tomé una pastilla para dormir. Mi novio y yo terminamos dos días después. Para cerrar el buen ciclo de los cumpleaños. Para marcar mi cumpleaños de una vez y para siempre. Para entender, ahora sí, la canción "El 7 de septiembre", de Mecano. Un día después del corte, falleció mi abuela. Diez días después, le diagnosticaron leucemia a una de mis mejores amigas de la prepa, mi Gaby, que murió un año y meses después.
Felices 20, te dejaron un regalo en la puerta. Ábrelo. Sí. Es un paquete de desgracias.
Fue un cumpleaños duro. El año que siguió no tuvo nada de sentido. La nueva vida hospitalaria, el desenfreno tratando de olvidar mi ex-noviazgo, el intento de reconstrucción de todo aquello que había quedado en ruinas. Un año ilógico,ése. Bizarros, mis 20 años.
Canción del cumpleaños de 20: 'Til the sky falls down de Dash Berlin

Septiembre del 2009: Y por fin, llegamos al último cumpleaños antes de éste. Mi cumpleaños de 21. La tormenta amainaba. Tenía un nuevo novio, que no trascendió en absoluto, pero fue una plataforma estable que me permitió salir del remolino que fueron los 20 años, los múltiples amantes (uno de los cuales hizo mella en mi tranquilidad) y el recuerdo del amor perdido. Hice una reunión tranquila en mi casa, que pasé con mi fantasmal pero muy atento novio y mis amigos. Después nos fuimos de viaje a la casa de Cuernavaca, el exnovio (con quien llevaba un año de relación de estira y afloja), los amigos y yo. No fue el novio. En ese viaje re-descubrí la marihuana, fiel pero eventual compañera. Puedo decir que lo disfruté. Sí, sin titubeos: Lo disfruté.
Canción de cumpleaños de 21: Fuimos lo que fuimos, de Jorge Drexler

Las fechas que rondan mi cumpleaños me traen siempre recuerdos de muchas cosas, están acompañadas del fantasma del amor y el desamor, el inicio y el final, el comienzo y la ruptura, de pronto me llenan de melancolía, a pesar de que el último lo pasé de modo tranquilo. Mis 21, que terminan hoy, fueron de re-estructura. De cualquier modo, mi cumpleaños quedó marcado por mi ex-noviazgo. Nimodo. A 4 años del comienzo, y ahora que va quedando atrás y se va diluyendo la intensidad del recuerdo, no puedo evitar decir:
"September, I'll remember; a love once new has now grown old". Ya no le sufro, pero de que me acuerdo me acuerdo. Dudo que algún día se deshaga la asociación entre aquel amor y mi cumpleaños.

Comienzo este cumpleaños de 22 escribiendo este kilométrico post de los cumpleaños, que seguro quedó emo y de hueva y nadie va a leer. Pero no me importa. It's my birthday, y como dice el título de esta entrada: "NO SOY UNA SEÑORA, DE UNA CONDUCTA INTACHABLE EN LA VIDAAA". Claramente no lo soy. Celebraré el viernes y bailaré con gusto en honor al recuerdo de mis últimos diez cumpleaños.

Feliz cumpleaños a mí.

jueves, agosto 26, 2010

El regreso

En aquella época en que la vida se componía de esos lapsos de tiempo entre crisis de autoestima y crisis de autoestima (mi adolescencia), me decidí a abrir un blog: www.fhernandhah.blogspot.com.
No sé si fue en un lapso o en una crisis, más bien creo que fue la segunda. El texto que abrió (http://fhernandhah.blogspot.com/2005_09_01_archive.html) fue una breve crónica de mi insatisfacción, amiga constante y solidaria, en ese momento muy activa gracias a un evento de malacopa épica en que generé una fama que aún hoy no se olvida del todo.
Ya antes había compartido blog con un buen amigo de la secundaria, donde escribía uno que otro texto de vez en vez (www.sindioses.tk) Me gustaba leer los comentarios, la retroalimentación era bastante buena. Entonces abrí el nuevo, que documentó el tránsito por mis diecisiete años, animada además por un par de amigos de letras inglesas que escribían seguido en sus respectivos blogs y tenían un círculo de amigos-lectores bastante constante. Así que escogí un título forever -ESTA BOCA ES MÍA- (adolescente, al fin y al cabo), y me dí a la tarea de documentar mi último año de prepa, mi misantropía, mi opinión acerca del mundo que me rodeaba y algunos cuentos o poemas que en ese entonces surgieron.
Luego vino la universidad. Traté de seguir actualizando, al inicio, incorporando elementos de mi nueva vida de estudiante de medicina al blog. No funcionó. Además, me enamoré y me dediqué al cien a mi absorbente relación y a mi más absorbente carrera. No quedó tiempo. Le bajé a la lectura no médica y a la misantropía, ambas ingredientes fundamentales para animarme a escribir. Después de un par de entradas en el 2007, perdí la contraseña del mail que utilizaba y no pude recuperar mi viejo blog.
El tiempo ha pasado pero miro atrás y recuerdo lo satisfactorio que fue para mí construir ese blog. Me hice de un círculo de lectores algo constantes, a los que yo leía y que me leían, a muchos de los que conocí solamente a través de sus posts y jamás ví en persona, otros con los que el ya existente lazo de amistad se fortaleció a través de nuestras lecturas. Entre mis lectores desconocidos,apareció uno. El amor platónico del blog. Como dije, ha pasado tiempo. El amor platónico del blog, al cabo de los años y el gusto a la distancia, apareció un día en carne y hueso. La aparición fue fugaz, pero su presencia quedó allí, como un post-it con los pendientes pegado en algún refrigerador, mientras cada quien seguía inmerso en su vida. Las redes sociales mantuvieron el pegamento del eterno post-it. Seguí con la carrera, con el primer amor, que terminó y no, que siguió y se truncó tantas veces. Dos años juntos, tres de dar patadas de ahogados y mantener una relación eufémica en la que estábamos y no juntos. Pronto serán cuatro años. Cuatro años de que entré a la carrera, de que abandoné el blog y pegué aquel post-it en mi refri, de que conocí a mi primer amor, con quien me entregué a la larga turbulencia que por fin amaina. Todo eso va quedando atrás.
Hace no mucho, el amor platónico del blog reapareció en una fiesta. La segunda vez que lo veía, después de un par de años de leerlo. Hoy, el amor platónico del blog ya no es platónico ni es del blog. Hoy está a mi lado. Hoy he retomado el placer por la escritura y la lectura, que nunca abandoné del todo, pero que postergué los primeros meses o años de carrera y fueron volviendo paulatinamente desde hace casi dos años. Hoy llevo un par de meses obsesionada con twitter (@fhernandhah), en donde tengo también una serie de tuiteros talentosos que seguir, algunos de los cuales me siguen también y con los que me encanta retroalimentarme, de los cuales varios tienen blogs que valen la pena (links del lado izquiedo).
Hoy, la medicina no ya es el centro de mi vida pero sí parte importante, y además día a día me da mucho sobre lo cual escribir. Ha sido una pena no tener en estos años un espacio donde plasmar tantas de las cosas que vives durante el estudio de esta carrera. Hoy espero poder aprovechar este espacio, y crear una red como la que creé sin querer alguna vez, hace casi 5 años, de la que obtuve tantas cosas buenas y gracias a la cual conocí a la persona de la que estoy enamorada hoy.
Es éste el regreso, meloso e intenso.
Espero dé comienzo a muchas cosas.