domingo, diciembre 05, 2010

La fama

El largo camino lo tenía exhausto. Ya no sabía si existía el sendero o era él quien lo estaba inventando, con sus pasos aleatorios y desesperados.
Tal vez fue por eso que, cuando por fin encontró aquella enorme y fría mansión, tras haberse dedicado a su búsqueda intransigible, resolvió que dejaría todo y entraría en ella.
Era definitivo.
Se despediría de sus amores, de su familia, de su pasado. En su vida ya no había lugar para amigos ni enemigos. No cabía en él ni un recuerdo, ni una frase. No tenía nombre ni país. Se olvidaría del lugar donde venía. Él no existía ya más que para vivir en aquella casa.
Resuelto, respiró. Había andado mucho para llegar a donde estaba ahora. Puso un pie dentro y cerró la puerta.
Dejó todo atrás con ese portazo, borró toda estela. Renació en ese momento, única y específicamente para vivir en esa monstruosa casa inhóspita que es la fama. Para caminar a sus anchas en sus salones, para escribirse una y otra vez en sus muros, para recorrer glorioso sus pasillos.
Se tatuó en cada estancia, se bordó interminablemente en los retratos, se fotografió desnudo en sus recámaras, se devoró lentamente en aquellos comedores.
Jamás salió de allí. Murió solo, vacío de tanta falsa gloria, mirándose en el cruel espejo de la mentira.

sábado, diciembre 04, 2010

Obsesión

"La obsesión es corrosiva. Intenta no guardarla en botellas que parezcan bebibles. Un trago y disolverás tus entrañas."

Yo ya me bebí toda la obsesión que hay en el mundo.
Ni siquiera sé cómo me cabe tanta dentro. Sólo sé que me la bebí, que ya quedó dentro, que ha viajado a mi sangre, que no la puedo eliminar. Y que me corroe, y que no puedo detenerla. Ni escapar de ella.
La obsesión se ha convertido en lo que soy.

jueves, noviembre 18, 2010

Gandolineros

Existen esos días en que los dioses (que no existen) conjuran contra ti.
Desde que tu hermano aprendió a manejar en tu carro, no para de pedírtelo para satisfacer su frenesí de choferear. Ya se le pasará, pero mientras tanto recibes tu auto como una lata vieja, vacía de gasolina. Y desde que tu novio vive al otro lado de la ciudad hay que subirse a la lata y esperar que ruede hasta allá. Y rueda. Después sales apurada porque tienes clase de francés y no puedes faltar, pero los arrumacos ya te retrasaron. Te subes al coche y te saluda amable la lucecita en forma de dispensador de gasolina. No, no significa que ganaste unos litros en la gas más cercana (imaginar el foquito parpadeando y un sonido de fondo: ¡tin tin tin tin tin!). Significa que hay que ir a ponerle, lo cual va a retrasar aun más tu travesía. Entonces decides ir a la más cercana de la lateral en Periférico, para no desviarte del camino. Te subes al auto y mientras miras nerviosa la lucecita amarilla en tu tablero, manejas. Con la mente lejos, o coloquialmente hablando, "en la pendeja". Quieres salir a la lateral cuando es debido pero te distres y no te abres lo suficiente. A punto de estrellarte con el camellón de periférico, volanteas y estás a un metro de estrellarte con un taxi. Tras el susto, intentas seguir manejando pero el taxi pone sus intermitentes y se amarra frente a ti. Perfecto. Ya puedes ver los titulares del metro "Joven estudiante de medicina asesinada por taxista psicópata". Pero el psicópata no se baja. Sólo sigue delante de ti. Con sus intermitentes. Gente loca. De otro volantazo te cambias de carril y sigues avanzando. Aceleras y lo pierdes. Con la taquicardia apenas amainando, vuelves a salir a la lateral para esperar llegar a la próxima gasolinería. Avanzas, avanzas, mientras el foquito infernal te hace guiños. Hasta que llegas. Resoplas de alivio. Para evitar que te vuelva a caer la prisa en el futuro, decides llenar el tanque. Bajas la ventana y un hombrecillo amable te pregunta cuánto. Le dices que lo llene, por favor. Claro que sí, seño. (Tsss, seño, crisis etaria, ni modo). Y luego se acerca y te dice, listo, ¿me abre su cofre? Sí, como sea. Uy seño, le falta un litro de aceite, ire. Ah, sí, bueno, luego lo lleno, tengo prisa. ¿Segura, seño? Híjole, pero lo que sí va a urgirle va a ser su cambio de anticongelante, porque el que trae ya no le funciona. ¿Cómo? Piensas. Si le acabo de poner dos botellas hace menos de dos meses. Haces cara de extrañeza. El hombre insiste: De verdad, seño, si no se le desviela el carro y pa que quiere. Mejor le hacemos el cambio de una vez. Si quiere bájese pa que vea. Te bajas de mala gana. Miras el cofre. Ire, señito. Honestamente, no ves nada. El contenedor de plástico transparente que lleva el anticongelante está casi lleno de un líquido amarillo. Huela, señito. Está descompuesto. De suerte no se le desvieló ya. La verdad, no hueles nada. Debes haber hecho una cara como de que nunca habían abierto el cofre frente a tus ojos, y que todo este tiempo pensaste que dentro de él había duendecitos parecidos a los del cereal Lucky Charms haciendo funcionar el motor, porque otros tres gandules en uniforme de PEMEX se acercaron inmediatamente. Qué pasó, mi Mau, ¿una manita? Uy... este anticongelante ya no sirve. Sí, es lo que le digo a la seño, hombre. El gandul número dos acerca su mano al depósito de anticongelante, gira la tapa negra, la retira, y el anticongelante brota a chorros. ¿Ve, señito? Le digo. Mire como sale. Desesperada porque vas a llegar muy tarde al francés, dices ¿qué chingaos? Póngale anticongelante, pues. ¿Cuánto puede costar? 50 pesos la botella. Equis. Vertiginosamente, los gandules gasolineros (gandolineros) comienzan su labor. Sacan una manguerita negra que al parecer tiene aire, aspiran, sacan un par de botellas de anticongelante... de pronto se detienen. Oiga, ¿cuándo le hicieron el servicio a su carro? Porque está rete-llenísimo de sarro, ire (te enseña un dedo con algo negruzco), con razón se le descompuso el anticongelante. Pero no se preocupe, para eso está esto. Mientras habla, saca dos botellas de plástico, de un líquido azul y las echa donde va tu anticongelante sin siquiera preguntarte tu opinión. Después, todo va muy rápido. Ves fluir una tras otra botella de anticongelante frente a tus ojos. Ves que abre un par de latas de metal mientras dice, desde el cofre: Diunavez el aceite, seño, pa que quede como de agencia. Y vacía las latas. Te quedas muda, sólo aciertas a detenerlos cuando van a proveerte también de limpiaparabrisas. Pero al parecer, ya es tarde. El primer gandolinero te acerca un cuaderno, mientras el otro rocía el interior de tu cofre con la manguerita de aire y un líquido amarillo. Listo, señorita. Son 950 pesos. (Inserte aquí sonido de disco rayado, scraaaatch) ¿Quéeee? ¿Mil varos? Sí, seño. Cinco botellas de anticongelante cuestan 250 pesos, el quitasarro 100 porque fueron dos botes, más el aceite que le pusimos de una vez otros 100 pesos, y del líquido con el que está "lubricando" su cofre son otros 80. Más 420 de gasolina, seño. 950. ¿Forma de pago? Irritada por la prisa y el contratiempo, le sueltas la tarjeta de débito, que te va a regresar casi vacía. Más allá de que te hayan cobrado esa cantidad de dinero, te sientes estúpida de haber sido engañada por tres simios. Tienes ganas de llorar del coraje. Firmas apurada y por alguna estúpida razón les das diez pesos de propina a dos de los simios. Por haberte estafado. Por haber sido más listos que tú. Regresas al periférico y sigues manejando furiosa. Son las 8.59. Tu clase empezaba a las 8.30.
Existen días en que los dioses conjuran contra ti.

jueves, octubre 21, 2010

Corcholata

El gargajo denso pasando a su boca desde su garganta reflejaba la oscuridad, guardada por tantos años en el abdomen. Giró la cabeza y escupió en la banqueta. Nada; la saliva era blanca y espesa. Brillaba. La oscuridad seguía enterrada muy dentro de él. Caminó un par de cuadras más, los puños cerrados, las manos ateridas.
¿Dónde estoy? Hay algo que se burla de mí, en algún sitio. Pensaba. Como siempre, pensaba. Y pensar no le servía de un carajo.
Abrió la mano derecha tras percatarse de que algo escurría. Claro, la corcholata.
Antes de cerrarse, su mano albergó una corcholata. Ahora se había encajado, dejando las marcas de sus dientes en la piel. Lo subjetivo era ahora objetivo. El sabía que esas marcas las llevaba ya, ardiéndole en algún lado. Ahora estaban en su piel. La corcholata.
¿Qué carajos? Sólo un fragmento de metal, el sello esfacelado por el tiempo. Una pieza ridícula, nada más. Guardada por tantos años, ¿para qué? Difícil comprender que la mano sangrara ahora por aquel pedazo de basura engrandecido por el recuerdo.
Alguna vez escuchó el chiste del hombre que llevaba los bolsillos cargados de piedras. Él los tenía llenos de promesas, concentradas en esa maldita tapa circular, tan igual a cualquier otra, tan inservible como todas, que seguramente era sólo un obstáculo que lo separaba de algún elíxir bebible. Qué absurdo. La apretó de nuevo, ahora con la mano contraria. Contrajo el puño como si quisiera convertirlo en piedra. Cuando empezó a descender por la muñeca el hilacho rojo y líquido de su sangre, se detuvo. Aflojó la mano, miró la corcholata y la arrojó lejos. La vio rodar hasta perderse en la repugnante inmensidad de alguna coladera. A la mierda. Se lamió la sangre de ambas manos y volvió a escupir, tras carraspear larga y roncamente. Miró el gargajo expulsado, refulgiendo desde la acera.
Brillaba. La oscuridad debía seguir dentro de él.

martes, octubre 05, 2010

Cómo parte tu partida...


Ayer soñé con Gaby, me desperté triste y corrí a buscar una foto suya en mi computadora:




Mirando la pantalla, me eché a llorar frente a sus enormes ojos negros, fijos ahora para siempre en la memoria y las fotografías.


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Este texto no tiene propósito. No tiene un fin literario. No tiene estilo, y tal vez su belleza radique sólo en lo que significa para mí. Pero de todos modos lo comparto:

-Para Claus.

Son ya diez meses de la muerte de mi amiga. Han sido meses de silencio. Aún me pregunto por qué no pude escribir, por qué no pude hablar. Durante semanas me quedé encerrada, llorando cada vez que leía en algún libro retratos de enfermedad, o veía casos terminales en mis series médicas, como una quinceañera ñoña viéndose reflejada en alguna telenovela absurda. Llorando en las fiestas cuando de pronto pensaba que mientras yo le daba un trago a mi cuba, Gaby faltaba en algún lado donde debía estar. Faltaba en su cama, en su cuarto, en su casa, en su familia, en la vida de muchas personas. Preguntándome si de verdad quería ser médico, si quería seguir enfrentándome a la muerte de muchas otras Gabrielas que no tendrían cabida en mi vida.
Desde que supe que tenía leucemia, entendí que Gaby no iba a estar viva mucho más tiempo. Tras unos años en la medicina algo te dice que una enfermedad tan dura diagnosticada a los 21 años probablemente no te permita llegar a los 40. Pero nunca pensé que fuera a estarlo tan poco. Antes del transplante ella me había dicho que tenía miedo, pero esperanza. Que le habían dicho que al transplantarla podía curarse del todo, que eran mayores las probabilidades de éxito que los riesgos. En medicina nos manejamos por estadísticas, nos basamos en evidencias, en porcentajes de casos resueltos contra porcentaje de muertes, etcétera. Cuando una de tus mejores amigas tiene leucemia, valen un carajo. Las probabilidades a Gaby no le sirvieron de nada. Le sirvió, en cambio, su carácter. Gabriela tenía planes. No pensaba regresar a la Facultad de Medicina en Iztacala a la que le costó dos años entrar, ella había visto suficiente de hospitales como para dedicar su vida a ellos. Quería conseguirse un trabajo tranquilo y ahorrar para viajar lo más posible. Hacer algo valioso con el tiempo que tuviera por delante. Vivir sin arrepentirse. Bromeaba: “después de esto, me cae que me hago huila”. Gaby siempre bromeaba. Siempre sonreía y se burlaba del mundo a su modo malhablado, te daba consejos irónicos y te echaba en cara tus pendejadas, pero estaba siempre allí para ayudarte a través de ellas. Era una persona echada para adelante. Tengo sus fotos en mi pared para recordar a diario su cara, aunque me acuerdo más que nada de sus dulcísimas palabras “Órale, perrita, consíguete un huey que sí te quiera. Eres re-zorra”. De su risa explosiva y sus tonterías. Del modo en que te apoyaba sin ese toque lastimero con que te acompaña mucha gente. Así traté de apoyarla yo cuando estuvo enferma. Le hablaba para contarle chismes, le platicaba de las fiestas y el estrés de la escuela, nos reíamos al pensar en viejos tiempos, ironizábamos con aquellos que no sabían como acercarse y le hacían comentarios raros o actuaban de modos extravagantes. La escuché cuanto pude, teniendo en cuenta cómo era nuestra amistad antes de saber que estaba enferma; nos veíamos de vez en cuando y pasábamos temporadas de no saber nada de la otra. De pronto nos encontrábamos y tomábamos café y platicábamos como si nada, y entendíamos que seguíamos siendo tan amigas como siempre. Así, con la naturalidad de siempre, la acompañé en su lucha.
Eventualmente, su lucha se truncó.
Lo supe por teléfono. Tuve que regresar de un viaje en Acapulco para venir a afrontar la despedida. Regresé envuelta en una nube de irrealidad, que me duró hasta que entré a la funeraria y leí, escrito en el pizarrón, Srita. Gabriela Flores Melo.
Así, su nombre sin más, su nombre como antes estuvo escrito en la lista de la prepa, en las prácticas que hacíamos juntas en Área 2, en los trabajos que entregamos, en el anuario, como estuvo después en expedientes, innumerables estudios de laboratorio y gabinete y pizarrones de hospital. GABRIELA FLORES MELO. Me estallaron los ojos y perdí la cabeza.
Cuando entré a la sala que correspondía no estaba ya su mejor amiga de la prepa, a quien tenía muchas ganas de ver. Había ido a descansar. Ví sólo dos caras conocidas, y tras saludar a su mamá me senté a esperar las cenizas. Pasaron 3 horas en las que no dije ni una palabra y no puedo recordar ni una sola cosa que haya cruzado mi mente. Finalmente entraron los de la funeraria. Tenían una urna rosa en las manos. No a Gaby. Una urna rosa. No era Gaby. Era una urna. Gaby ya no era Gaby. Sentí una punzada atraversarme.

...Al final, nada de eso importa. Gaby sigue faltando, pero el hecho de que falte sólo nos dice hasta qué punto formaba parte de todo. Hasta qué punto se ha ido quedando en pequeñas cosas. Cuánto pueden despertar en mí unos ojos grandes y una tez morena, cómo puede revolverse mi estómago cuando detecto en alguien un gesto que le perteneció en otros tiempos.
Gaby falta porque estuvo, pero Gaby está aunque se haya ido. Pinche zorrita. Le daría náusea tanta cursilería. Y no me importa. La recuerdo y la llevo siempre conmigo. Cargo el hueco que me dejó, pero al mismo tiempo estoy llena de ella.
Gaby se fue pero se queda.

martes, septiembre 28, 2010

Analfabeta

Creo que ya no sé escribir.
Las teclas de la computadora devoran las yemas de mis dedos y luego las vomitan y se cagan de risa. Jo-jo. Pendeja.
¿Escribir a mano? Ni soñando. La maldita pluma escupe todo menos una frase decente. Garabatos horribles, nunca he sabido dibujar y no me importa mucho que digamos, pero creo que alguna vez supe escribir. Ya no. La tinta negra me recuerda, en primer lugar, que tengo una letra horrible. En segundo, que reitero. Que escribo siempre del mismo recuerdo, con el mismo estilo cursi y tibio, que no alcanza a ser alegre y ligero pero es demasiado novato para declararse profundo o denso.
Colecciono cuadernos y artículos de papelería que no hacen más que susurrar, cuando paso a su lado, que soy una inútil. Que el papel sigue en blanco y los cartuchos de las plumas se desbordan de novedad. Escucho sus balbuceos y sus risitas ahogadas. Volteo a mirarlos, fúrica. Los cuardenos guardan silencio, no son tan tontos. Pero ya es tarde. Los arrebato de sus inmóviles repisas, los abro de golpe, me apodero de cualquier artefacto con el que pueda rayarlos y arremeto contra ellos. Saturo dos o tres de sus páginas y luego las miro, asqueada. ¿Qué es eso? Creo que ni letras hay. No hay coherencia. Si las examina un neurólogo, a que me diagnostica afasia. Me arde el orgullo y arranco hoja por hoja. ¿Querían jugar los cabrones cuadernos? A ver si tanta gracia les causa estar mutilados. Los miro fijamente y me los como de un bocado. ¿Y la pluma, o él lápiz? Bah, siempre puedo utilizarlos para garabatear apuntes horribles de medicina, que al final ni voy a leer. A ver si siguen quejándose de que los ignoro. Ahí les va su estrenón.
La computadora es siempre una aliada. No importa si no sabes escribir. En los medios electrónicos de comunicación da igual si escribes en islandés, cirílico, español o si ladras. Con que pongas caritas felices o tristes la gente parece entenderte. Y si quieres escribir para tí, porque crees que eso sabías hacer, puedes hacerlo. No te va a gustar de todos modos, pero basta con darle un clic al mouse, arrastrarlo de un lado a otro de la página y recurrir a tu goma electrónica, el supremo botón SUPRIMIR. Si algo de supremo hubiera habido en el documento ahora en blanco, no habríamos tenido que suprimirlo. Pero tuvimos que, era necesario. Sin tanto dramatismo, regresamos al vacío, a la historia por escribirse que esperará eternamente mientras el cursor parpadea en la pantalla.
No pasa nada, gente, de veras. Es sólo que no sé escribir. Presionar teclas es fácil, también mover la punta de la pluma que apoyaste en el papel. Pero escribe, escribe, ¿a ver? Con tu vocabulario escaso que desde que estudias medicina se te escapa poco a poco de la cabeza a través de cada poro de tu frente, deslizándose entre ríos de sudor, no creo que sea posible. Con tu poca capacidad de frustración y esa maldita goma electrónica mirándote cínica desde el teclado, seduciéndote para que la acaricies, más bien creo que es un objetivo inalcanzable.
Ni modo. Puedo encontrar alguna otra manera de expresarme. Igual y hago ollitas de barro, o pulseras con hilos psicodélicos y se las vendo a los hipsters de mi colonia mientras fumo un poco de marihuana. También puedo cantar, o bailar reggaeton en el metro. Eso sí que se me da, y quién quita hasta gano unos centavos. Ahorro y me compro unos Melox para ayudarme a digerir todos los cuadernos que me comí en mi desesperación. Puedo maquillarme de formas exóticas y vestirme con trapos teñidos por mí, en mi azotea. O aprender a tocar la gaita y destruirle los tímpanos a los comensales de los cafés cercanos a mi casa. Como sea. Todo sea por no escribir.
Qué le voy a hacer. Al parecer, soy analfabeta.

jueves, agosto 26, 2010

El regreso

En aquella época en que la vida se componía de esos lapsos de tiempo entre crisis de autoestima y crisis de autoestima (mi adolescencia), me decidí a abrir un blog: www.fhernandhah.blogspot.com.
No sé si fue en un lapso o en una crisis, más bien creo que fue la segunda. El texto que abrió (http://fhernandhah.blogspot.com/2005_09_01_archive.html) fue una breve crónica de mi insatisfacción, amiga constante y solidaria, en ese momento muy activa gracias a un evento de malacopa épica en que generé una fama que aún hoy no se olvida del todo.
Ya antes había compartido blog con un buen amigo de la secundaria, donde escribía uno que otro texto de vez en vez (www.sindioses.tk) Me gustaba leer los comentarios, la retroalimentación era bastante buena. Entonces abrí el nuevo, que documentó el tránsito por mis diecisiete años, animada además por un par de amigos de letras inglesas que escribían seguido en sus respectivos blogs y tenían un círculo de amigos-lectores bastante constante. Así que escogí un título forever -ESTA BOCA ES MÍA- (adolescente, al fin y al cabo), y me dí a la tarea de documentar mi último año de prepa, mi misantropía, mi opinión acerca del mundo que me rodeaba y algunos cuentos o poemas que en ese entonces surgieron.
Luego vino la universidad. Traté de seguir actualizando, al inicio, incorporando elementos de mi nueva vida de estudiante de medicina al blog. No funcionó. Además, me enamoré y me dediqué al cien a mi absorbente relación y a mi más absorbente carrera. No quedó tiempo. Le bajé a la lectura no médica y a la misantropía, ambas ingredientes fundamentales para animarme a escribir. Después de un par de entradas en el 2007, perdí la contraseña del mail que utilizaba y no pude recuperar mi viejo blog.
El tiempo ha pasado pero miro atrás y recuerdo lo satisfactorio que fue para mí construir ese blog. Me hice de un círculo de lectores algo constantes, a los que yo leía y que me leían, a muchos de los que conocí solamente a través de sus posts y jamás ví en persona, otros con los que el ya existente lazo de amistad se fortaleció a través de nuestras lecturas. Entre mis lectores desconocidos,apareció uno. El amor platónico del blog. Como dije, ha pasado tiempo. El amor platónico del blog, al cabo de los años y el gusto a la distancia, apareció un día en carne y hueso. La aparición fue fugaz, pero su presencia quedó allí, como un post-it con los pendientes pegado en algún refrigerador, mientras cada quien seguía inmerso en su vida. Las redes sociales mantuvieron el pegamento del eterno post-it. Seguí con la carrera, con el primer amor, que terminó y no, que siguió y se truncó tantas veces. Dos años juntos, tres de dar patadas de ahogados y mantener una relación eufémica en la que estábamos y no juntos. Pronto serán cuatro años. Cuatro años de que entré a la carrera, de que abandoné el blog y pegué aquel post-it en mi refri, de que conocí a mi primer amor, con quien me entregué a la larga turbulencia que por fin amaina. Todo eso va quedando atrás.
Hace no mucho, el amor platónico del blog reapareció en una fiesta. La segunda vez que lo veía, después de un par de años de leerlo. Hoy, el amor platónico del blog ya no es platónico ni es del blog. Hoy está a mi lado. Hoy he retomado el placer por la escritura y la lectura, que nunca abandoné del todo, pero que postergué los primeros meses o años de carrera y fueron volviendo paulatinamente desde hace casi dos años. Hoy llevo un par de meses obsesionada con twitter (@fhernandhah), en donde tengo también una serie de tuiteros talentosos que seguir, algunos de los cuales me siguen también y con los que me encanta retroalimentarme, de los cuales varios tienen blogs que valen la pena (links del lado izquiedo).
Hoy, la medicina no ya es el centro de mi vida pero sí parte importante, y además día a día me da mucho sobre lo cual escribir. Ha sido una pena no tener en estos años un espacio donde plasmar tantas de las cosas que vives durante el estudio de esta carrera. Hoy espero poder aprovechar este espacio, y crear una red como la que creé sin querer alguna vez, hace casi 5 años, de la que obtuve tantas cosas buenas y gracias a la cual conocí a la persona de la que estoy enamorada hoy.
Es éste el regreso, meloso e intenso.
Espero dé comienzo a muchas cosas.