domingo, octubre 23, 2011

Día del médico

"En México, desde hace 70 años, el 23 de octubre seconmemora el Día del Médico, según un acuerdo alcanzado por los asistentes a un congreso de sindicatos médicos realizado en Cuernavaca, Morelos; sin embargo no se festeja el natalicio, sino la acción política del médico que eraentonces presidente interino de México (3 de julio al 27 de octubre de 1833) en la primera de las cinco ocasiones que
sustituiría a Antonio López de Santa Anna (1791-1876),el doctor Valentín Gómez Farías (1781-1858). Oriundo de Guadalajara y graduado en la escuela de medicina de la universidad de esa ciudad, promulgó las primeras Leyes de Reforma (1833), asesorado por el liberal guanajuatense José María Luis Mora (1794-1850).
Entre otras acciones de corte enciclopedista ilustrado y en función de la ciencia positivista comteana, estableció la educación laica, secularizó las iglesias, separó el clero y el ejército de la política nacional y organizó la Biblioteca Nacional. Pero lo más notorio fue que clausuró la hasta entonces Real y Pontificia Universidad de México (fundada el 21 de septiembre de 1551) para reabrirla a cargo de la nueva Dirección de Instrucción Pública con el nombre de Universidad Nacional de México,1 autónoma a partir de 1929, en el marco de la reforma universitaria latinoamericana. Ahora dividido en seis centros de educación superior, el Establecimiento de Ciencias Médicas fue inaugurado, precisamente, el 23 de octubre de 1833.2 De este modo se combinaban ciencia y medicina con ética y humanismo."
-23 de octubre, día del médico en México, Román Garza Mercado: www.medicinauniversitaria.uanl.mx/42/pdf/72.pdf

Así que hoy es día del médico. Como médica interna de pregrado, me encuentro este año inmersa en el mundo del cuidado de la salud, y me atrevo a hacer una serie de reflexiones.
He leído durante el transcurso del día las felicitaciones que emiten mis compañeros, maestros y colegas al respecto de este día. Me pregunto, sin embargo, cuántos de ellos conocen el origen histórico del día del médico, cuántos otros saben quién es Valentín Gómez Farías, cuántos más la trascendencia del trabajo que ellos realizan día a día. Cuántos más están conscientes de lo que representa ser médico. O más bien, me pregunto qué representa para todos ellos, suponiendo que cada quien le de un valor personal o particular.
No quisiera que mi texto se preste a malinterpretaciones. Nos hacemos médicos (o nos estamos haciendo médicos, porque a mi parecer la formación médica no termina nunca de formarse, de moldearse, de remodelarse) por distintas razones personales que no son el objeto de este texto, válidas todas y seguramente tan diversas como nuestras personalidades o intereses. Sin embargo, al pasar los años de carrera y los días de trabajo, la profesión termina por unirnos, generar un vínculo emocional y laboral dificilmente disoluble. Admiro y respeto a muchísimos de mis compañeros y maestros, he conocido excelentes académicos, excelentes seres humanos, excelentes clínicos e investigadores, e incluso he tenido el honor de conocer a quien cumple con todas las características anteriores y otras más. No dudaría un instante en confiar la vida de mis familiares más cercanos a varios de los maravillosos colegas de los que me he rodeado durante estos años de carrera, algunos ya médicos consagrados, otros que atraviesan, como yo, por el duro y largo proceso que lleva convertirse en el profesionista que uno desearía ser.
Extiendo mi orgullo y mi felicitación para todos aquellos que han decidido invertir su tiempo y su vida en esta profesión, que implica mucho sacrificio y mucha dedicación.
Sin embargo, no todo es color de rosa. Expreso esta opinión hoy, día del médico, pero quisiera extrapolarlo a todos los días de todos los años por venir. En vez de vanagloriarnos por una profesión que mucho tiene de noble, deberíamos también encarar muchas de las realidades que esta carrera nos ha arrojado frente a los ojos.
¿Quieren mi novata opinión tras 5 años y medio de inmersión en el mundo de la medicina de este país? Hay muchas cosas en las que estoy en desacuerdo, situaciones que me parecen inaceptables y que me llenan de impotencia, que aumenta cuando miro la indiferencia total de muchos de mis compañeros médicos frente a ellas.
Ningún ser humano es santo ni símbolo de perfección, somos imperfectos y erramos por naturaleza. Está mal asumir que por ser médicos somos omnipotentes o superiores a los demás. Me desagrada la prepotencia y la soberbia con que algunos colegas se pasean por los pasillos de un microcosmos en el que, aparentemente, son reyes. Me desagrada la total indiferencia de muchos médicos ante todo aquello que no sea su rama hiperespecializada de lo que para ellos es la medicina. La incultura, la falta de interés por la historia, el arte, la literatura, la música, la filosofía, incluso la bioética, que debería formar parte de su proceder cotidiano. El desconocimiento de todo aquello que ocurra fuera del perímetro del hospital, y, lo que es peor, la apatía frente a sucesos que ocurren incluso dentro del ámbito de trabajo. La falta total de empatía, el papel de superioridad que asumen frente a los pacientes y frente a sus compañeros de trabajo de menor grado.
Abramos los ojos. Hay mucho por hacer.
Nunca he sido fanática de la crítica sin propósito, pero este año de internado me ha dejado boquiabierta e indignada por muchas razones. Los médicos internos y residentes somos el soporte del sistema de salud de este país, la infraestructura de los hospitales e institutos médicos y sin embargo somos tratados de maneras irrespetuosas, se nos imponen labores que no nos corresponden, soportamos horarios que no sólo son fisiológicamente dañinos sino que además terminan con nuestras ganas de hacer las cosas. Se hace sentir al interno y al residente como una insignificante hormiga obrera, un saca-chamba, un talachero, aquél que hace todo aquello que nadie más en el hospital está dispuesto a hacer, alguien que no valdrá nada hasta que posea en sus manos las cédulas profesionales que a su especialidad y carrera correspondan. Al pasar los años, en vez de aprovechar la dura experiencia, sacar provecho del trago amargo y hacer los cambios pertinentes en la actitud hacia los que están abajo de nosotros, nos convertimos en tiranos que buscan someter a los internos o residentes de menor jerarquía a torturas iguales o peores. Somos víctimas de un sistema retrógrada, militar e indigno. No hay reglamentación para las horas de trabajo que debemos pasar en el hospital, en muchos de los centros hospitalarios no hay autoridades pertinentes que revisen la calidad de ambiente laboral y trato de los superiores hacia los médicos. Todos hemos pasado por ahí, todos lo hemos visto, todos lo hemos vivido y sufrido y TODOS hemos cerrado los ojos, mirado hacia otro lado, "ni modo, querías ser médico, en esta carrera se sufre, hay que templar el carácter". Algunos terminan asumiendo que el sistema es el correcto y el fin justifica los medios. Otros sólo bajan la cabeza, algunos más deciden que no piensan ser víctimas de ese sistema y se alejan en silencio del mundo hospitalario que implica la profesión que nosotros elegimos, dejando atrás aquello que nos hubiera gustado ser.
Además de estas condiciones inhumanas de trabajo, y tal vez un poco por esa causa, los pacientes reciben muchas veces tratos indignos, son evaluados de manera superficial y enviados a sus casas con diagnósticos erróneos o tratamientos paliativos y temporales, solución sencilla para que el médico, agobiado de tanto trabajo, se libre del paciente. Durante el internado o la residencia, todos hemos visto pacientes errantes, peregrinos de hospital en hospital por la falta de recursos en distintas instituciones que no se dan abasto con la gran cantidad de pacientes que genera esta abarrotada urbe, sumados a los pacientes del interior de la república. Nómadas sin diagnóstico ni consciencia de que está sucediendo en su cuerpo o su mente. Seres humanos que llegan en un estado vulnerable a ser recibidos con toneladas de burocracia y malos tratos de médicos que están muchas veces abatidos por las amplias jornadas laborales, el trato injusto y el ambiente desagradable de diversos hospitales. Otras veces, es tan sólo la falta de empatía, de cultura, de humanismo lo que lleva a estos médicos a tratar al paciente como un estorbo, como una carga. No quiero extenderme demasiado; tampoco quiero generalizar ni satanizar aquello que describo haber percibido en los hospitales mexicanos por los que he pasado. Me gustaría nada más dirigirme a mis compañeros, en este día del médico: Sí, felicidades. Muchos de ustedes son profesionistas maravillosos, que ayudan de manera individual a la resolución de problemas de salud de muchísimos pacientes, y eso es un tesoro invaluable, una retribución sin igual al trabajo que relizamos día a día. Los felicito ampliamente por hacer las labores que hacen, por dedicarse sin titubear a ayudar al prójimo, por contribuir a la ciencia médica, por asumir el compromiso ético y profesional que implica la medicina. Reitero: Colegas, felicidades.
Pero eso no es todo.
Aceptémoslo: Muchos médicos viven en total ignorancia de todo aquello que no concierna su inmediata especialidad, muchos médicos asumen que son superiores por la profesión que han elegido, muchos médicos terminan por ser fríos e indiferentes al dolor ajeno, muchos médicos ejercen su profesión por intereses muy lejanos al altruismo. Muchos médicos abusan de su autoridad y de la posición que genera estar frente a una persona vulnerable y cometen actos atroces. Muchos médicos se convierten en ególatras seres blancos en quienes, como dijo mi buen amigo Perea, no sabemos dónde termina la bata y dónde comienza la piel.
Aceptémoslo: Vivimos en un país donde no existe un adecuado primer nivel de atención, donde el primer contacto del paciente es una farmacia de genéricos o similares, y, mucho tiempo después, un hospital general o de tercer nivel, cuando el padecimiento ha evolucionado tanto que poco se puede hacer por éste. Vivimos en un país que valora más la subespecialización que la medicina preventiva, y eventualmente eso se refleja en la total saturación de los hospitales de segundo y tercer nivel de atención.
Aceptémoslo: Vivimos en un país donde no hay legislación respecto a las horas de trabajo de médicos internos y residentes, dónde no hay estipulación del trato y condiciones laborales a las que tenemos derecho, dónde nadie se preocupa por esos muertos vivientes que deambulan por los pasillos, se duermen en los consultorios y los quirófanos, llevan un estilo de vida que poco tiene de sano, aún teniendo perfecto conocimiento de lo que esto puede implicar, y nadie hace nada al respecto.
Antes de felicitarnos tan ampliamente, o si gustan, al mismo tiempo que nos felicitamos, encarémoslo: Nuestra bella profesión dista de ser la utopía que muchos promulgan.

Una vez emitida la opinión, la felicitación no está de más: ¡Feliz día del médico!

sábado, junio 18, 2011

Tras cinco meses de silencio.

"Que personne ne sortira d'ici

que personne ne retiendra la nuit

qu'on n'ira pas tous au paradis..."

Siento de pronto que estoy de nuevo sentada junto a esa gran ventana, que fue mi ventana al mundo. Escuchando música, viendo nevar.
¡Qué hermoso! -decía un amigo, desde otro espacio geográfico en el mundo- Eres afortunada de poder ver la nieve-. Y yo decía que estaba harta.
Qué daría ahora por aquel frío que me tallaba los huesos y me engarrotaba los dedos de los pies. Qué por esa humedad dolorosa al meter las manos en los montículos blancos. Por observar el modo en que las perfectas formas de los copos se convertían en gotas de agua sobre las yemas cálidas y rojas de mis dedos. Por salir del metro Côte des Neiges y rumiar malhumorada, al tener que cerrar el abrigo casi hasta esconderme dentro y aún así, sentir a brisa helándome la cara.

Ayer soñé que nevaba. Los copos eran enormes pero tenían la misma geometría que aquellos que conocí en Montréal.
Desperté sacudida; tanto invierno que llegó a incendiar mi vida y la falta de nieve que me quema ahora en este hospital. La luz blanca, enferma también, que ilumina esta mesa gris donde ahora escribo.
Puedo ver nevar, sin embargo.
A lo lejos, (cada vez más lejos), nieva en mi memoria.
Pero aquí no hay más que desierto.
Y muero de sed.

lunes, enero 03, 2011

Diez pesos le vale.

Hay rutinas que jamás terminan por parecer normales.

Para él, por ejemplo, es todo un reto. Cada día como una presentación teatral, frente a cientos y cientos de personas. Cada día un público distinto. Jamás los mismos ojos observando su rostro mientras empieza su parlamento, mirando fijamente cada uno de sus movimientos. Siempre un concurso de vistazos que parecen nuevos contra indiferencias que parecen conocidas.

Hoy será lo mismo. Camina sin prisa; le espera un día largo. Se quita el sudor de la frente sacudiendo la cabeza. En éste, su lugar de trabajo, hace siempre mucho calor.
La gente pensaría que cualquiera se sube a un vagón y vende lo que tenga a la mano. No funciona así. Cada línea del metro de esta ciudad tiene su organización, sus reglas, sus jefes. Unos menos amables que otros. La chivis no es particularmente un caramelo, pero al menos le deja hacer lo suyo. Se entendieron desde la primera vez que los presentaron.

Él tenía una mochila con un par de bocinas. Lo demás era obvio, no le quedaba sino vender música pirata. Si algo le gusta a La chivis, es la piratería. Pues cómo no, si es la jefa de vendedores de la línea 3 del metro. Y le gusta el reggaeton. Un par de muestras de su selección musical para cada disco, la entrega de la mitad de sus ahorros de toda la vida en la primera entrevista (la otra mitad la iría entregando en mensualidades) y quedó aceptado en el clan. Claro que hubo otros vendedores de discos que querían echársele encima. La competencia. Pero no podían hacer nada. Las canciones que él elegía eran siempre las mejores y, además, nadie sabía perrear como él. Alguna vez quiso ser bailarín, pero bah, qué más da. Todos quisimos algo imposible. Alguna vez decidimos ser astronautas o gimnastas o aeromozos o chefs. Pero no. Lo suyo, lo suyo, es vender en el metro los mejores discos de reggaeton, mientras se menea al ritmo de Daddy Yankee. Además, La chivis está de su lado. Nadie le puede arruinar el día.

Muy bien, piensa, pues ya estoy aquí. Habrá que empezar las ventas. Entra al quinto vagón (ha calculado perfectamente que a esa hora es el más lleno), llena su pecho con aire pleno de sudor vaporizado y comienza su parlamento:

Bueeeenas tardes damas y caballeros, en esta ocasión le traiiiigo a la venta

la cooooompilación de reggaeton que gusta a chicos-y-grandes

le trae nada más y nada menos que cientocincuentaytrés éxitos en versión mp3

paaaara escuchar en el carro, la casa o la oficina

sooon los mejores éxitos de calle trece a Daddy yankee

nooo olvidemos a Don Omar, Wisin y Yandel

looos mejores reggaetoneros directo de Puerto Rico

el díiiiia de hoy llegan a usted tras un larguísimo viaje

Eeeees el reggaeton que ha vuelto locos a chicos y grandes

Lléeeeeve lléve su disco le cuesta sólo diez pesos

Dieeeeez pesos le vale, diez pesos le cuesta

Cooompre el mejor disco para bailar pegaiiiito

Más de cieeeen temas selectos pa’ empezar el perreo.

Eees la música que ha prendido a toda laaaatinoamérica

Sólo dieeez pesos le vale, dieeez pesos le cuesta.

Respira profundo y repite dos veces el discurso. Antes de dedicarse a vender, alguna vez se preguntó qué pensarían sus colegas mientras fingían la voz y recitaban de memoria alguna frase antiguamente aprendida. Él no piensa en nada. Se concentra y saca su mejor tono, quiere llamar la atención hasta de aquellos que vienen más absortos en sus pensamientos. A veces no lo logra con aquellas oraciones tan bien escogidas. Pero por eso era el favorito de la Chivis, caray. Él sí que sabe vender. Voltea a su alrededor y ve algunas manos levantadas, con un destello semi-dorado y semi-plateado entre los dedos. Diez varitos, nomás. Hasta yo me compraría. Pero aún no han visto nada. Se percata de que muchos pasajeros lo ignoran. Es normal, nunca se puede ser el centro de atención. Pero hay que intentarlo.

Entonces recurre a su arma secreta: El perreo.

Presiona el botón de play en su mochila-grabadora y sube el volumen. Inmediatamente un escalofrío musical le recorre de la nuca a los talones. Coloca sus manos frente a su pecho, cierra los puños y comienza a mover el torso en espasmos hacia delante y hacia atrás, manteniendo los brazos bien rectos: El perreo. Adereza con un par de movimientos pélvicos (siempre saca un par de sonrisas a una que otra señorita) y da un giro brusco pero sensual. Sí, el perreo. Se escuchan algunos aplausos y se guarda un par de miradas más en la mochila-grabadora.

Una vez hecho su número artístico, vuelve a sacudirse el sudor de la frente (ante las caras azoradas de algunos y la habitual indiferencia de otros) y sonríe. Baja el volumen y, mientras suena de fondo Atrévete, de Calle 13, regresa a la segunda parte de su monólogo:

Aaaaasí es señoras y señores

Éeeeste es el disco que los hará campeones del perreo

Naaaadie se resiste ante un reggaeton bien bailadooo

Lleeeeeve, lleeeeve su disco de éxitos por sólo diez pesos

Dieeez pesos le vale, diez pesos le cuesta

Conquiiiiiste a hombres y mujeres por sólo diez pesos.

Lleeeve, llleve su disco de lo mejor del reggaeton.

Inmediatamente se levantan otras manos, antes tímidas. Reparte discos y sonrisas mientras se acerca a la salida del vagón. Las reglas son claras; una estación por venta, nada más.

Cuenta las monedas que lleva en la mano derecha: -Sesenta varitos en cuatro minutos. Soy una máquina-, se dice.

-El mejor vendedor. Por eso me quiere La Chivis. Si sigo así, en unos diez años acabo de pagarle mi deuda nomás con la comisión. Daddy Yankee estaría orgulloso-.

Mete el dinero en la bolsa de su pantalón, se estira y continúa caminando. Le quedan cinco minutos antes de subirse al siguiente vagón.


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**Relato parte del proyecto "Siguiente estación", coordinado por @seacaboeljabón.
Paradas previas:


"Alfiles cobardes" de @ProfeTriste


"La banca de la estación en la que nadie, nunca se sentaba" de @aleida_belem.


"Instinto" de @soybelisa


"Escape" de @Anedixit