lunes, noviembre 12, 2012

Bajo la mesa


De pronto me invaden las ganas de esconderme bajo la mesa, abrazar mis piernas y balancearme. Esperar la explosión.
No puedo evitarlo. Siento el estallido dentro de mí. Lo he vivido tantas veces que sé reconocerlo desde que la chispa toca el extremo de la mecha. Trato de ignorarlo el mayor tiempo posible. Hasta que es tarde. Hasta que el corazón se hincha y sus latidos resuenan en el vacío universo de mi pecho. Miro bajo la mesa. Espero que, si me coloco allí, nadie escuche el atronador disparo del alma que revienta, que contamina todo a su alrededor. Espero limpiar sola las manchas del silencio que albergué tanto tiempo, las mentiras que salpicaron la planicie inferior de la mesa, esa que nadie nunca observa, las mesas importan sólo por el sostén que brinda su superficie superior. A quién le importa lo que hay abajo. Qué más da cuántas almas han colapsado bajo ellas, si podemos apoyar por arriba nuestro vaso y resoplar satisfechos. 
Yo no tengo un vaso, tengo un alma que revienta. 
Con su permiso, iré bajo la mesa

lunes, octubre 01, 2012

Lecturas cómplices


Desde que recuerdo, escucho a mis papás leer.
A veces percibo sólo su silencio y ya sé que están sentados uno junto al otro, cada quien inmerso en distintos universos, frente a sus respectivos libros. Sé que, sin hacer ruido, pasan las páginas y piensan, y se envuelven en historias o se pierden en reflexiones sin moverse de sus lugares.
De pronto, los escucho hablar. Es una costumbre de años. Cuando uno encuentra algo que lo maravilla en el papel, interrumpe la lectura para compartirlo en voz alta. Se anuncia y luego recita las líneas que le vibraron al recorrerlas con la mirada. El otro sube la vista y escucha, atento. Yo oigo también, desde la distancia. Al terminar de leer el fragmento, lo comentan y de nuevo enmudecen.
Conozco la escena de memoria, sé que en medio del sigilo se sonríen, se miran cómplices y luego regresan cada quien a su aventura literaria. Esto se repite innumerables veces en mi cabeza. En mi infancia, en mi adolescencia, hace unos pocos años, ahora. Sus voces y sus silencios, intercalados, sus figuras sosteniendo sendos libros como si estuvieran de uno y otro lados de un espejo.

Leen, piensan, callan, sonríen.
Yo los escucho.

lunes, septiembre 24, 2012

Locomotografía


La silueta de tus ojos se insinuó y tu mirada atravesó diversos muros translúcidos: las micas de tus lentes oscuros que trataban, sin éxito, de esconderla, los vidrios de diversas concavidades y convexidades del lente de alguna cámara y finalmente el ocular, tras haber rebotado en múltiples direcciones, entre espejos. Se proyectó ante mí como una expresión proveniente de otro tiempo, pero su significado se envolvió como una bruma invisible alrededor de mi presente.
De pronto, todas esas cosas que parecían haberse evaporado volvieron a materializarse en  filamentos helados, adheridos a mi piel. En cuanto entraron en contacto conmigo, mi calor las condensó. Sus consecuentes gotas me erizaron los sentidos y me sacaron de mi momentáneo letargo.
Me sacudí y traté de distraerme, pero era tarde; la imagen de tus ojos se repetía ya en mi mente como en un caleidoscopio.

jueves, agosto 09, 2012

Listas, parte IV: Última foto tomada.




Escuela rural de El Chapaneal, en Texcaltitlán, estado de México. Julio de 2012

El Chapaneal es una comunidad de 641 habitantes y está a 2,400 metros sobre el nivel del mar. Su camino principal, el único pavimentado, lo conecta con la cabecera municipal de Texcaltitlán, que lleva el mismo nombre que el municipio. Este mismo camino bordea la primaria rural, la telesecundaria y el campo de fútbol, que se extiende bajo uno de los montes. Al final del camino, la Iglesia adorna el límite superior del pueblo.
Texcaltitlán es uno de los 16 municipios más pobres del estado de México. Los paisajes montañosos que lo abarcan y que encierran algunas pequeñas comunidades marginadas, son un deleite para quien los visita. Recorriendo las carreteras sinuosas que comunican las comunidades entre sí, se respira un aire enrarecido, puro, distinto; el aire del campo mexicano. Nuestro país es un mundo; posee la enorme riqueza de las diversísimas comunidades que lo habitan, de los muchísimos paisajes que lo decoran. ¿Cuántos de sus caminos ni recorreremos jamás? ¿Cuántos de sus pueblos no cabrán jamás siquiera en nuestra imaginación? ¿Cuántas caras campesinas, curtidas y sonrientes, no habremos de encontrar nunca frente a frente? Estas montañas, este cielo, estos caminos, no son sino una invitación a seguir conociendo el campo mexicano y sus habitantes, niños, adultos y ancianos. Hombres y mujeres cuya riqueza es su tierra; cuya compañía, su familia y sus animales; cuyo privilegio, salir cada día y mirar los enormes montes verdes que se despliegan frente a sus ojos, cubiertos de un cielo despejado; su condena, la marginación, la pobreza, la falta de drenaje, de gas, de agua potable, de educación, de campañas sanitarias. Mirando lo que intenté fallidamente capturar en esta fotografía, recordé que hay muchas maneras de vivir, que cada persona es un mundo, cada rincón un universo, y nuestro país esta lleno de ellos. Si no los vemos es porque no los hemos buscado, si no los encontramos es porque no hemos abierto bien los ojos.
Allá afuera, en El Chapaneal, los niños de la comunidad juegan fútbol a campo abierto, mientras sus padres llevan a sus chivos a pastar a los montes circundantes o caminan kilómetros para ir por agua potable, cortan la maleza que ataca sus cosechas con el machete o alimentan a sus gallinas. A veces se nos olvida, pero hemos de recordárnoslo día a día. Nuestra realidad inmediata no es la única. El mundo vibra a muy distintas frecuencias. Basta con tratar de percibirlo.

Listas, parte III. Canción más escuchada en los útimos meses/ It’s a Pity, por Tanya Stephens.



(Póngale play, hombre). 
Al cruzar el umbral, aparece un bar oscuro, dentro de una construcción con paredes de cemento recubiertas por algunos palos de yuca. Las luces distan de mostrar el interior, más bien parecieran esconderlo. Una luz rojiza del lado derecho, otra verduzca del lado izquierdo. Un pequeño escenario, elevado tan sólo unos cinco centímetros del suelo donde, a pocos metros, diversas parejas bailan, pegadas unas a otras, entre algunos solitarios que mueven la cabeza despacio, poquísimos centímetros de balanceo de un lado a otro y hacia adelante. El techo de palma y madera se hace imperceptible tras la gruesa capa de humo que flota arriba de las cabezas de los presentes.  El aire vibra, palpita rítmicamente, ondula al tiempo que suenan los metales y se contrae de pronto, cuando la voz  aparece, ronca, atraviesa el micrófono y espeta por las bocinas, en un inglés con tintes de criollo jamaicano: “I say if we never… get a chance to be together… go with Jah, Tanya love ya”. Inmediatamente, el bar se transforma en una coreografía espontánea, de hombre-mujer, individual o colectiva. Esa secuencia de sonido-silencio, plácida y tan típica del reggae, llevándolos de un lado a otro, disfrazada tras esa voz que sigue contonéandose, que invita a hacer lo mismo. A bailar con ella,  separando las caderas del torso. Curva-corte, curva-corte y vuelve a empezar, unos cerca de los otros, doblando y estirando las piernas cuyas figuras se entrecruzan a nivel de la rodilla,  los hombros como poseídos por el vaivén que impone la música, los cuerpos separándose y juntándose y vuelta a empezar, dibujando semicírculos. Los meseros del bar se abren paso entre las parejas que ocupan la pista central hacia las oscuras sillas y mesas periféricas, desde donde algunos clientes observan el movimiento conjunto de la pista, del escenario, de los músicos, de las duplas que se congregan y de esos otros hombres solos que menean, abstraídos, la cabeza adornada con largas rastas que apuntan inclementes al suelo. 
Hay algo que electrifica el ambiente; parece provenir de esa zona donde casi no pega la luz y donde los rostros se confunden unos con otros.
En la penumbra, uno de los meseros se aproxima a la mesa más escondida, cercana al pequeño patio trasero donde algunos fuman frente a un letrero que tacha con un círculo rojo partido por la mitad una hoja de marihuana, quien sabe si en son de sarcasmo o de plegaria desesperada. Desde la altura, humeante y lóbrega, el mesero adivina desganado que la mujer que le habla en voz baja y sin mirarlo, con los ojos fijos en la pista, se conformará con la cerveza más barata. Se encoge de hombros y camina lentamente hacia la barra entre la gente ensimismada que atiborra el pequeño bar.
La mujer de la mesa sigue mirando la pista, cierto movimiento de sus ojos la delata al alterar la forma en que el iris negro ocupa el centro del globo ocular, más pálido; sus ojos también están bailando, aunque discretos, imitando algún meneo distante. Los latidos desbocados en su pecho le hacen creer que, al final del humo, hay otros ojos oscuros que la miran fijamente de regreso, las pupilas como dos rizos, bamboléandose como si gritaran algún secreto. Ella puede sentir un hilo delgado pero tenso que emerge de esas pupilas, atraviesa las luces rojas y verdes y le aprieta la garganta. La canción sigue seduciendo, en la pista, a todos aquellos que rodean al hombre de las pupilas refulgentes y a pesar de que el resto se mece, para ella es borroso ya, todo se difumina menos aquel vistazo largo que arde hacia ella, que la invita a ponerse de pie y acercarse. O tal vez eso es sólo lo que ella quiere creer. 
El mesero le trae una lata con un líquido semi-frío, que ella apenas recibe. Se lo lleva a los labios, sin desviar la dirección de sus ojos, mientras intenta fijar en su retina la imagen de dos cuerpos que son sólo uno, asumiendo que eso la acoplará a la idea de un todo que no puede separarse. El instinto, sin embargo, le exige otra cosa. El deseo le pide que se levante y deje su cerveza barata y camine y se deje llevar por la música, en algún descuido ese deseo es mutuo y el suelo se abre entre los dos, y se lleva todo lo demás. Entonces la voz de la mujer que imita a Tanya Stephens desde el raído escenario con una perfección casi espeluznante le canta, oportuna, al oído: “I say it is a Pity… you already have yuh wife, and me have a one man inna me life, rude bwoy it is a pity…”
Interrumpida por la música, ella desvía la mirada por fin, mientras los cuerpos siguen entrelazados y se funden en el ritmo lento y exquisito de la música. Se da cuenta; ella sigue sentada en la mesa más apartada y suerbe de nuevo su cerveza tibia y desabrida, contemplando mientras la canción termina aquel punto exacto donde se une la luz roja con la verde y forman un triángulo extraño de un color pasmoso, difícil de describir.             

jueves, junio 21, 2012

Listas, parte 2. Disco más escuchado en los últimos meses.

XX, por The XX




(Para escuchar el disco completo, clic aquí)
La sinestesia se define como la percepción conjunta de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos a partir de uno solo. Un sinestésico puede, por ejemplo, oír colores, ver sonidos, oler texturas y otras envidiables cruzas entre sus cinco sentidos. En la historia hay diversos ejemplos de artistas con esta peculiar cualidad, como Vassily Kandinsky, cuyos cuadros de explosivos colores se imprimen en la memoria de aquel que los mira con atención. Entre ellos, destacan los que pintó a partir de obras musicales. Colores, formas, pinceladas musicales incapaces de reproducir.
En fin. Todo esto para decir que, por desgracia, no soy sinestésica y no he experimentado nunca esa amalgama maravillosa de los sentidos, pero creo que, hasta cierto punto, si vivimos la música con suficiente intensidad, ésta evocará inevitablemente una o varias imágenes.
Para mí, el disco de los XX es de una blancura tranquilizadora y reconfortante. Por un lado, debe ser sin duda porque me lleva de vuelta a la nieve, al invierno más largo de mi vida, al único verdadero. Lo escuché por primera vez a finales de 2010, por recomendación de mi hermano, melómano incorregible. En esa Navidad, que pasamos juntos en Canadá, me regaló un USB con dos discos y éste era uno de ellos. Para ese entonces, tras pasar día y noche con mi hermano en el hotel y por las calles de Montréal, yo ya lo había escuchado bastante. Desde la primera vez, tuvo en mí un extraño magnetismo. Me generaba una sensación de equilibrio delicado, como si el tiempo se detuviera, disipara la angustia. En esos momentos de transición geográfica y emocional, me aferré a sus ritmos sutiles, que acompañaban perfectamente la caída continua de la nieve, que yo miraba atentamente, poseída por la novedad. Me recuerdo hundiendo los pies en esa masa pálida y entonces incomprensible para mí, caminando desde mi cuarto en la residencia de la Université de Montréal hacia el Pavillon Roger Gaudry, donde tomaba clases de neurociencias y de fisiopatología. Me recuerdo transitando calles nuevas, bordeadas por árboles cuya ausencia de follaje otorgaba a sus ramas personalidades tétricas y deformes. El disco de los XX me transporta al momento en que creí escuchar el silencio por primera vez, sola en el cuarto que habría de pertenecerme, mirando la noche que caía inclemente a las cuatro de la tarde, para quedarse hasta el día siguiente. Cada una de sus canciones, cada voz y cada retumbo del bajo me llevan a esa felicidad que encontré en asimilar un mundo nuevo, donde las condiciones climáticas han moldeado de otro modo la forma de vida de la gente, no podría decir si para bien o para mal. A esos espacios que fueron mi hogar alguna vez y que no volverán a serlo nunca, pero que podré de vez en vez re-fabular en mi cabeza, mientras escucho Infinity o Heart skipped a beat o Basic space. Independientemente de las imágenes límpidas que este disco me hace evocar, creo que musicalmente es muy vasto. Nos lleva desde la felicidad contenida hasta la melancolía mansa, afable. Satura los sentidos con tan sólo unos cuantos sonidos, dispara distintas emociones a cada segundo, conteniéndolas en su armonía. No es que sea sólo blanco, es más bien que abarca todos los colores. Ya sabemos el resultado de esa mezcla. Escuchar este disco pide calma a gritos sigilosos, nos hipnotiza, nos concentra en la belleza de la quietud. Relájate, nos dice, no hay dolor que no pueda neutralizarse y cantarse o convertirse en notas musicales. Como sea.
Durante las guardias más arduas de mi internado, en aquellos momentos en que uno no concibe ni siquiera ser uno mismo, cuando que los deberes abruman y las responsabilidades apremian, me escapaba a veces a algún rincón solitario y escuchaba una de estas canciones. De inmediato, me invadía la sensación de que otras vidas son posibles, de que aún espera en algún lado el blanco, no necesariamente el de la nieve o el hielo o las bajas temperaturas, aunque haya sido ahí donde lo encontré antaño. Tras respirar profundo, me adentraba en aquello que no tiene nombre pero me pertenece, me dejaba ir, me cubría de silencio, caminaba de nuevo otras calles, imaginaba otros rostros. Entonces algún ruido hospitalario me devolvía a la realidad y,  me daba cuenta de qué tan lejos me había ido. ¿Sinestesia? No lo creo, pero sin duda algo muy parecido.

miércoles, junio 20, 2012

Listas, parte I. Último libro (re)leído

La misión se anunció, sencilla. Revivir el blog. Escribir un post sobre un libro.

Tantos libros.
Libros-intimidad, libros-compañía, libros-silencio, libros-estruendo. Libros pasados, presentes y futuros. Libros que han sido escudo, trampolín, guarida o carretera. Libros que fueron espejo y que reflejaron sin duda la paulatina dilatación de mis pupilas, al tránsito de sus páginas. Libros que me enseñaron quién soy, quién no soy, quién querría ser.
Hoy estoy en casa de mis padres, en ese cuarto que aún tiene mis cosas en su lugar y donde antes solía dormir. La mayoría de mis libros están aquí. Me he llevado algunos a mi hogar actual, pero creo que aquí sigue habiendo mayoría. Tres libreros de literatura, uno de libros médicos. Otras dos repisas con sendas filas adicionales de libros, que algún día tuvieron un orden que fue suplantado, poco a poco, por el uso y la comodidad, por la cercanía de los libreros con mi mano que sostenía algún libro en el momento en que no sabía donde guardarlo. Danzando de un entrepaño a otro, los libros terminan por burlar siempre el orden mental que les asignamos. Los libros (por suerte) no nos obedecen.
Tras el espectáculo de sus colores, sus formas y sus posiciones, me doy cuenta de que no sé de cuál voy a escribir.

Qué más da. Para qué darle vueltas. Es éste el último libro que leí, lo tengo entre mis manos: “El libro de arena” de Jorge Luis Borges. Una edición de bolsillo, pasta blanda. En la portada, un fondo amarillo con el dibujo, al centro, de un libro que se desintegra por la parte de abajo, como al deshilar una tela. Se deshace en letras diferentes, que caen al suelo imaginario, que se dispersan en el amarillo. La contraportada reza: “Me dijo que su libro se llamaba El libro de arena, porque ni el libro ni la arena tenían principio ni fin”. En su interior, nos acechan trece pedazos coloridos de genialidad. Trece cuentos, para navegarlos con calma o para surcar sus aguas tempestuosamente, sin treguas. Un libro lleno de fantasía nórdica, de personajes irrepetibles, de proyectos imposibles de llevar a cabo, de mundos diversos donde el tiempo y el espacio se desdoblan o se multiplican o se fusionan. Dicen que los mejores libros contienen la vida en todas sus expresiones. En las páginas del libro de arena se contonean la muerte, el amor, la amistad, el saber, la angustia, la desesperación, los encuentros prismáticos con uno mismo. Borges los despliega, nos los arroja con la maestría de la prosa poética que tanto le caracteriza, con sus palabras que nos devoran, que se asientan en la parte más baja de nuestros abdómenes.

En El otro, atravesamos un portal de tiempo y damos con el protagonista, algunos años antes (o años después, según de qué lado del espejo nos encontremos). A partir de sus páginas, y casi de modo simultáneo que el personaje principal, tropezamos con nuestro antiguo reflejo, dialogamos con él, nos duplicamos, reverberamos: "Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma". El libro sigue y sigue, nunca pierde el hilo conductor. Ulrica nos sacude mientras imaginamos los pétreos ojos de la mujer de oro y de plata que mira a su interlocutor y le dice, indiferente: “Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres”, mientras el otro imagina a su lado historias que jamás han de ser vividas.  Después El Congreso, que es sin duda una de las piezas elementales, sin principio ni fin, de este libro de arena, vierte ante nuestros ojos una historia vibrante, imposible de describir con palabras, llena de personajes infinitos y de reflexiones aceitosas. Nos habla de los esfuerzos futiles por abarcar el conocimiento, de sus consabidos fracasos; en pocas palabras, de la humanidad. Al mismo tiempo, va trenzando frases que son para el alma como el grave estruendo de un gong que es golpeado por primera vez en muchos años: “Oh noches, oh compartida y tibia tiniebla, oh el amor que fluye en la sombra como un río secreto, oh aquel momento de la dicha en que cada uno es los dos, oh la inocencia y el candor de la dicha, oh la unión en que nos perdíamos para perdernos luego en el sueño, oh las primeras claridades del día y yo contemplándola.” Repito: Encontramos en Borges la vida misma que refulge, escandalosa. Cuando pensamos que ya nos hemos conmovido demasiado, There are more things, el siguiente cuento, dedicado con sabiduría a Lovecraft, nos refunde en las tinieblas más aciagas, esas que sólo pueden ser parcialmente descritas, esas que nos representamos con una mano imaginaria que escarba en el epigastrio, que nos genera al mismo tiempo ganas de correr y de seguir mirando, escondidos. “Para ver una cosa hay que comprenderla”, nos dice el narrador. “SI viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos”.
Tras esta metralla de deliciosa literatura, Borges nos deleita con una de sus imaginaciones cultas, la secta de los treinta. Este sabio, capaz de fabricar con absoluta precisión los textos o manuscritos más disparatados, con sus debidas referencias perfectamente plausibles, nos entrega un supuesto texto, bíblico y misterioso, que dibuja la herejía y sigue girando en nuestras cabezas tras haberlo leído. Sin darnos tiempo a reflexionar, el libro continúa y nos vapulea con La noche de los dones, donde nos relata una historia enclavada en el contexto de las tantas guerras latinoamericanas, que por su peculiar estilo, nos enfrenta abiertamente a la hermandad del eros y el thanathos. Me detendría ahora, pero no tiene sentido alguno; tras de este cuento viene otro, o más bien dicho otros, ya que para mí son uno sólo: El espejo y la máscara, seguido de Undr, nos sumergen en dos mundos que tienen en común la idea de la literatura como la búsqueda de una palabra, LA palabra, irrepetible y catastrófica: “He jurado no revelarla. Además, nadie puede enseñar nada. Debes buscarla solo.” El libro de arena continúa con la Utopía de un hombre que está cansado, relato que regresa al juego del tiempo que se desacomoda y nos transporta a un futuro hermenéutico donde se busca olvidar el ayer, donde “ya a nadie le importan los hechos, meros puntos de partida para la invención y el razonamiento”: Sentados a la mesa con un hombre futuro, podemos ver en las páginas, una vez más, el fulgor de nuestra insignificancia.
En seguida; los últimos cuatro cuentos terminan de zarandearnos En una última arremetida de escritura brutal. El soborno nos cuenta la historia de dos académicos de literatura sajona que diseñan un laberinto ético en cuya salida está la plaza que se disputan; Avelino Arredondo retrata a un hombre frío y anónimo con una sola misión, la hazaña que ha de perpetrar para después entregarse a las consecuencias. Finalmente, los dos últimos cuentos retratan un objeto fantástico cada uno; El disco y El libro de arena. El primero, único objeto sobre la tierra que tiene un solo lado y el segundo, el libro sagrado y monstruoso que invade todos los rincones de la vida (incluido el sueño) y que no puede ser destruido jamás: “Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta”.
El libro de arena, como compilación de cuentos, asemeja a su símil fantástico. Logra lo que busca; ser un libro infinito, donde caben todos los temas y ninguno, donde pueden hallarse a cada lectura interpretaciones nuevas, donde se reflejarán más y más lectores, al paso del tiempo, hasta la eternidad, sin principio ni fin.

Tras haber abusado de esta especie de reseña del libro, que extendí innecesariamente y que llené de citas y pleonasmos, sólo me queda decir que hice mi mejor esfuerzo y sin embargo no pude escapar de él. Tuve que enfrentarlo como a un minotauro, tras recorrer sus páginas laberínticas. Habemos quienes regresamos y regresaremos a Borges como se regresa a una verdad universal, a un hecho innegable; a esas poquísimas cosas que sabemos de ciertas en nuestra vida y a las que nos aferramos, las que decidimos un día que no dejaremos ir jamás.
Bien lo decía el autor de este libro infinito y de tantos otros: “Compruebo con una suerte de agridulce melancolía que todas las cosas en el mundo me llevan a una cita o a un libro”.


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**Texto parte de una especie de ejercicio bloggero colectivo, convocado por Antonio C., en Thespectraltiger

miércoles, junio 06, 2012

Si no escribo, ¿cómo?

Para mí, una página en blanco es la lúgubre imagen del silencio.  Es una prisión de sensaciones, de imágenes,  de pensamientos. Es el alma que se detiene, que no se atreve a revelarse, a explicarse, a exhibirse. Es la vida que se esconde, se disfraza, se pinta de pálida carencia. Es la garganta afónica de la memoria, de la consciencia, el estancamiento de ese río abundante y turbulento que antes discurría ruidosamente. Es el ímpetu que se omite, la pasión que desconoce de pronto su dialecto, la única forma en que se comunicaba con el mundo, en que rectificaba su existencia.  Una página en blanco es una mazmorra llena de incógnitas, de perplejidades, de vacilación. ¿Qué hago, si no escribo? ¿Cómo me entiendo, me extiendo, me distiendo? ¿De qué otro modo me pregunto, cómo intento responderme? ¿En dónde busco la explicación de lo que soy, cómo encauzo este río furioso, pletórico, suplicante? Esta fuerza extraña que frena a mi mano antes de permitirle dar la cara al papel me aturde, me desordena, me oprime. Hay un cerrojo en alguna parte del proceso en que me delineo y la ausencia de llave me desazona. El tiempo está corriendo, me está hirviendo el aliento, voy a tomar el hacha, a fracturar mis candados. Voy a abrirle la puerta a este arrebato. Ya es la hora.